10/04/2007

Maeso, María Ángeles, Vamos, vemos, Editorial CELYA, Salamanca, 2004, II Premio de Poesía León Felipe.
Estoy cansado. Ha sido un día atroz, como para marcharse de casa, no volver jamás. No por nada; sólo por una necesidad de modificar lo sedentario de la vida nada dadivosa. Que de pequeño, al ir con el abuelo, aprendí de sus amigos sindicalistas, que la acción era lo único que deberíamos cumplir para que, al juzgarnos Dios, no tengamos que arrepentirnos ante él de no haber puesto ni un gramo propio al progreso hacia el juicio final.
Vuelvo a la acción pero sin abandonar mi casa, la comodidad del hogar, acogiendo entre mis manos este libro de María Ángeles Maeso, ya leído, olvidado, desgraciadamente, entre tanto mal libro de poesía que puebla mi librería, titulado con dos verbos de mucha acción, Vamos, vemos, y que mereció, debidamente, el premio internacional de poesía León Felipe. Leo, mientras intento calmar los músculos tensos del cuello, mientras alejo mi mente fuera de la habitación sedentaria de mi casa.
Vamos…vemos.
Dos acciones continuas. Una indicando viaje, la otra nos lastra a mirar a nuestro alrededor, a todos los objetos. Un viaje de atención a la realidad que circula ante nosotros. María Ángeles Maeso, se muestra como una Beatriz de silencio pero atrayente (quizá porque las Sirenas atraen más por lo que callan que por lo que cantan…) Un silencio compuesto por esa manera de “utilizar la negación para construir esa afirmación sabia e irreal”, que nos comunica el prólogo de Francisco Viñuela. Oíd: “nadie habla, pero el silencio es una mentira” o “nunca fuimos expulsado de un jardín que no pisamos”. Beatriz de los Ángeles Maeso, guía, conductora, supervisora y preceptora, de quien hasta su libro se acerca. Que si alguien dice Vamos, hay la necesidad de que otro vea. Si ella es Vamos, yo soy Vea.
¿Por dónde nos guía? Su vamos y nuestro vea, es una senda y su vamos y nuestro vea, llega hasta un lugar infantil, paraje para todas las niñeces. Un pueblo de interior, pleno de sol y tragaluces, de semillas y pobreza, camisas de fuerza y toda una fauna única, que giran en el cielo de estrellas, en manantiales ricos de sed.
De toda esa fauna que presente y que gira por los cielos de nuestra/su memoria, destaca esa rata auténtica, que propiciará que el mismísimo guía y su acompañante, el vamos con el vemos, asciendan cien metros hacia el interior de los propios cuerpos.
Es rotunda, desde luego, la sensación que nos provoca este ir, ver, y no sentir bajo los pies ni cielo ni tierra. Aunque, dios mediante, todo acaba donde debe, en la esperanza primaveral. Muy terrestre, nuestro vamos y su vemos, que finaliza o se reinicia en un tallo que es “denunciante y provocativo” a un tiempo.
Muy matriarcal, sólo la madre tierra nos reconoce, frente a la ciudad imperial, tan legal. “Vamos, vemos, que sucede a cada hora”.
Descanso.

1 comment:

Luis Amezaga said...

Venía a verle.