3/21/2010


Itinerario Humano: Chiapas (cuaderno de viaje)


Fermín Heredero y su nuevo libro

El escritor de la ribera del Duero, Fermín Heredero, ha sorprendido a extraños, que no a propios, editando en Gran Vía, la editorial burgalesa, el libro de viajes, “Chiapas. Cuaderno de viaje”. Todos expectantes aguardábamos un nuevo poemario con esos de versos humanamente sorpresivos (quizá por ello subversivos), o algún nuevo libro de relatos de la nostalgia de pan y sol, o una novela con los mismos motivos antedichos, y se extrae de la manga, mago de la palabra más clara, un libro de viajes. No un libro de viajes de esos que marcan un itinerario y el autor va mostrando calles y escaparates, montes y escaparates, playas vírgenes y escaparates, y mucha sociedad del ocio en lugares exóticos. No un libro de esos de viajes que cualquiera puede escribir consultando internet, cuatro libros de costumbres y diez o doce fotos extrañas, que se encuentran en libros de exotismo.

Un viaje natural

“Chiapas. Cuaderno de viaje”, es un libro de desbordes, de la naturaleza de Chiapas y de las gentes que la pueblan. Un libro de viajes a la manera de Fermín Heredero, que siempre realiza una arqueología de sensitividad y se permite la humildad de dejarse llenar por lo otro, tanto lo otro objetivo, la naturaleza, como lo otro subjetivo, la gente, y alcanzar así esa experiencia de entreverarse que permite asumir lo distinto como propio.

Viajar y entreverarse

Esta consideración de la entreveración nos la notifica el autor desde la primera pagina, cuando el verde y azul se funden y crean (y esta es la palabra que emplea el autor) Chiapas. Con esta entreveración el autor va a narrar el viaje que realiza por Chiapas, tanto por el interior como por su costa. En ese instante, la sensitividad del viaje coincide o se hace palabra en la narración de las vivencias, las conservaciones. Muchas anécdotas salpican aquí y allá el libro y que van plasmando a los viajeros y a los lugareños pero a su vez se convierten en informaciones valiosísimas para quien quiera ponerse a su vez en marcha. En cada capítulo vemos al autor describiendo la naturaleza y a los personas humanas que pueblan esta naturaleza pero moviéndose, viajando, porque él es pasajero en esa naturaleza y pasajero con esas personas humanas. A su vez vemos lo cotidiano de alquilar un vehículo, por ejemplo, junto con las vicisitudes que esto provoca en aquellos lares, mientras ante nuestros ojos se van describiendo leyendas reescritas para que nos seduzcan.

Se entiende ahora quizá porque hemos elegido la palabra entreverar para describir el texto: el autor ha mezclado la naturaleza y las gentes de Chiapas introduciendo su propia alma entre las mismas, para que la empapen de los colores propios de cada uno de ellos, y curiosamente, no nace de ese entreveramiento el desorden, sino un orden distinto, un orden que siempre extraña pero que nos provoca una modificación de nuestras vivencias y nuestra sensitividad.

Leer y viajar: viajar leyendo

La lectura de “Chiapas. Cuaderno de viaje”, introduce al lector en esta entreveración, y nos encamina a esa mezcla de colores, de olores, de las sierras o de los mimos olores y sabores de los cultivos que miran al golfo. Un libro necesario para quien gusta de tener a la vista el resultado mismo del viaje, a veces sin moverse del sillón, porque el propio libro es el viaje. Quizá esto es el hallazgo de Fermín Heredero, proponer no la lectura de un libro de viajes sino el viaje mismo en un libro que transporta a quien lo lee a ese viaje.

Ruíz Ricardo, El hombre crepuscular, Ed. Devenir, Madrid, 2009

Ricardo Ruíz es escritor escorado coloquialmente a la poesía, a la crítica y se encuentra profundamente arraigado a lo que es la generación del 63, lo cual es decir mucho y suficiente. La generación de los nacidos en el 63 son la generación de la des – identidad, así los denominé; y la generación del abismo, también; o aquellos que nunca llegarán a nada, vivamente.

La generación de la des – identidad

Estos poetas del año 63 han nacido sin norte, sin mundo, como Ulises después de salir de Ítaca; de ahí, que sólo conozcan el mar y su horizonte y yerren por el mundo a la búsqueda perpetua de una Ítaca de la que ni siquiera tienen el recuerdo inconsciente pero que les pertenece. He ahí su des – identidad; sea así que busquen todos los abismos y no se decidan por ninguno; concluyan aquí, y, perdidos, nunca lleguen a nada. Quizá a un verso aislado.

Buscando desesperadamente a…

La literatura, pero la poesía en particular, les ha servido como territorio de búsqueda, les ha ayudado como mapa de orientación. Así, nuestro autor, se ha enfrentado a la nostalgia, a la propia piel y a la mismísima literatura, en sus anteriores poemarios, y ha tratado de que cada verso pudiera transmutarlo en un hallazgo para componer su propia carne, su brillante piel.

Poesía y cine

En su último libro, El hombre crepuscular, aúna a la una poesía y cine, el mejor lugar para el amor, y un nuevo territorio que se inaugura para esa búsqueda ampliativa de la identidad, que acabará, definitivamente, en el poema La Isla, territorio de abismos, donde el autor se atreve a lanzar su esperanza de felicidad, pero para más allá.

Lo primero que llama a la curiosidad en el poemario es el lenguaje, que se transforma prácticamente en planos cinematográficos, que, a pesar de servir para que detengan la vida en su instante, la deja fluir hacia la Isla, donde quizá o no, halle nuestro autor su felicidad.

La segunda curiosidad la hallamos cuando los poemas que leemos se entreveran con textos narrativos pero poéticos, diálogos muy cinematográficos, aforismos variados. Una mescolanza de identidades de géneros cinematográficos que nos dotarán si no de identidad sí de un guión.

Oclusión

En este libro, El hombre crepuscular, se dan cita metáforas fundamentales como pistoleros sanhe, metáforas que Ricardo se arranca a girones de su vida contenida, como cigarrillos bogart, y las dispone en los poemas; y alegorías de hombre que se condena a la des – identidad, por supuesto, para bien de un destino feliz, rodeado de abismos y botellas de güisqui bukoski.

Buen escenario para iniciar la reflexión.

3/31/2008

Errores y Horrores, Ediciones Baquiana, Miami, 2000; En el tiempo de los adioses, Ediciones Aglaya, Murcia, 2003; Poemas desde Church Street, Baquiana, Miami, 2006.




Traemos al escaparate de esta columna de crítica literaria, la obra poética de Maricel Mayor Marsán, poeta cubana, residente en Miami, desde donde esta dirigiendo la redacción de una revista que tiene vocación de hispanidad y unificación con la cultura americana: el español en el corazón del inglés americano, Baquiana.

Ahora nos importa la poesía de esta autora interesante e intencional, emocional, que aspira a recorrer la historia de los errores y de los adioses y tatuarla en la piel lectora para que comparta que el error se convierte en horror, y el adiós en “ajo en la herida”, como la propia Maricel escribe en el poema que titula “El adiós a la verdad”. Comparta el lector, decimos, porque la autora desea dejar huella de tanto destino como soplo de viento, de tanto mundo pulverizado entre los dedos, en la conciencia: que la conciencia es el elemento pleno de lo poético, el encumbramiento de la imaginación. Consigue Maricel co – implicar al lector en su envolvente palabra sin retórica, sin distanciamientos, donde se disuelve la prevención de la historia en la emocionalidad espontánea de lo cotidiano. Ya sea en el primer libro (la historia no era una sola/ eran muchas las historias), o en el segundo (Va por la ruta del silencio/ y no nos deja tan siquiera una pista)

La belleza de sus libros reside en la capacidad del verso de Maricel para co - implicar al lector, para envolverle sin retóricas ni artificios en la emocionalidad de un verso espontáneo. Co - implicar al lector tanto en la percepción de que el error del hombre es la división, la fronterización, el poner valladar al mundo, que resumiría, desde nuestro percepción, el primer libro, hasta desvelar a ese mismo lector que despedirse de los antiguos muros y fronteras es iniciar un nuevo mundo, en la manera de Cristo: el que pierde su vida gana su Vida, que resumiría el segundo libro que hemos presentado. Mensajes ambos que hoy en día pueden resultar a quien los oiga controvertidos, y en esta controvertidad consiste la originalidad de la poética de Maricel.

Controvertida, por la opción que toma en el primer libro, alinearse con el futuro. Cuando la intuición poética caminaría entre tanto error por un alineamiento en el nihilismo, Maricel alienta el futuro, como un soplo de ecos que vive entre todos y en tantos, nos muestra en su poema “El ser americano”.

Controvertida por la opción que demuestra en el segundo libro, frente a la continua ceremonia de adioses en la que el hombre conforma su entidad y excelencia, queda proponer el cristianismo, precisamente aquella frase de Cristo, sólo perdiendo se gana, un ganar virtual, que, de nuevo, es cristiano, ama al tú, que nos propone Maricel en su poema “El adiós que no quiero escuchar”.

Reside el interés de estos poemarios en escuchar el verso de Maricel, controvertido pero despojado de cualquier retórica, desde la sencillez de la palabra cotidiana, de la persona humana que reacciona espontáneamente ante el error y el adiós, ante el horror y la ineluctabilidad de la existencia.

Es agradable la lectura de estos poemarios que te embarcan en una manera distinta, diferente, de la forma poética, tan clónica en los diversos poemarios.

3/23/2008



López Navia, Santiago A., Sombras de la huella, Abadía Editores, 2006.


López Navia, fundador del grupo paréntesis, filólogo de formación y cervantino Quijotista de vocación, nos ofrece este libro poético, Sombras de la huella. Le conocemos como excelente director de extensión universitaria de la SEK, y como poeta que va construyendo su obra sin prisa pero sin pausa, presa de jugar con nosotros a la risa del verso erguido, para consolidarla dentro del panorama poético. Una obra que posee una escritura muy propia, llena de vínculos con la existencia, emparentada con el hombre de carne y hueso, y nos concierne.

Desde el mismo título, la sombra de huella, Santiago López Navia, nos acoge en su catarsis de creatividad. De una parte, la huella indica el rastro que nos llevará a lo que andamos buscando. Por otra parte, la sombra indica el reflejo de algo. Juntando ambos términos, que la huella que seguimos es sólo el reflejo de algo, no es huella original. La creatividad del autor nos conduce a desentendernos de la realidad para iniciar un juego de reflejos, a leer y conjugar con su guía, el resultado de ese juego de reflejos. El gozo de los sentidos es una perceptiva del reflejo. No en balde, este juego es el mismo del Quijote/Quijano/Sancho/Cervantes/Cide Hamete Benengeli. Un juego de reflejos de identidades. En la Primera parte ya gozamos de cinco poemas atribuidos a dos figuras “tristes y airadas”, poemas de ermitaño orante y desengaños existencialistas, pero cargados de esperanza y de ángeles erguidos “De Dios tuve lo que nadie da nunca/ lo que a todos les di, tan sin medida” o “Y firmo/ sin testigos/ cargado de esperanza pese a todo/ creyendo que la luz ha de llegarme/ más tarde o más temprano, que carajo,/aunque la sed de luz me ahogue ahora”.

La originalidad del autor, consiste en presentar estos juegos de reflejos a través de un lenguaje de marginalidades. La marginalidad primera del lenguaje de los ermitaños, aislados de sí, y que no dejan más huella que su propia oración como sombra. El lenguaje de quien se sabe fuera de sí y del mundo, en su mismísimo desengaño. A través del lenguaje cinematográfico, eligiendo personajes tan marginales como los de Río Bravo, prestos a morir al día siguiente o el de Christopher Lee, siempre Drácula, a sorber esa sangre que le convierta en otro; y otros actores, como el español Paul Naschy o ese esperpento de cara rocosa y ninguna cualidad interpretativa, Charles Bronson. Expresión característica de esta marginalidad es el poema navideño de Campanilla, y sus versos finales “Y es que soy muy pequeña, y sólo tengo/mis alas de cristal y un vuelo breve”.

Hay una intencionalidad doble en este poemario, ponernos ante una categoría como lo trágico, un ser humano desbordado por su marca, un destino adverso que debiera ponerle ante la huella de su impotencia; sin embargo, el tomarse esta tragedia a través de la risa, de su sombra nietzcheana, el placer que anida en la misma tragedia o su sombra, la sombra de la huella, la sombra del viajero, “Pero en el fondo/ detrás aún de este horizonte/ acaso muy detrás del fin de mí mismo/ está esperándome otro saco sin fondo de esperanzas/ y un kilómetro imborrable de huellas abiertas al tiempo”.

Y así, muy Nietzschanamente, muy Cervantinamente, López Navia nos dice que la belleza que buscamos en el mundo, en la lectura poética, no se encuentra en la luz ni el orden, sino que la Belleza esté en su sombra y en su huella, en la sombra y en la huella que el hombre realiza en el mundo “No creas que lo olvido/ yo ya sé/ que tú y yo somos el mundo”.

3/20/2008

Basallote Muñoz, Francisco, Libreta del caminante, Edita Consejería de Educación del Gobierno Andaluz, 2007.

Basallote Muñoz, Francisco, Calendario Manuscrito, Edita Ayuntamiento de Villanueva de la Cañada, Madrid 2007. Premio de poesía Encina de la Cañada 2007.

El poeta andaluz, de Vejer de la Frontera, sigue en su línea ascendente en la comprensión poética de la naturaleza, y nos ofrece los dos últimos trabajos en ese sentido, La libreta del caminante y el Calendario Manuscrito. Este último, se ha convertido además en el último premio de poesía que se entrega en Villanueva de la Cañada.

Francisco Basallote es una persona primordial, claro, sencillo y emocionante; y las tales características las refleja en su concepción de la poesía, cristalina. Los poemas de Basallote se construyen en un lenguaje elemental, fundamental e indispensable, esencial y primario, buscando transmitir los elementos paisajísticos que pinta. La poesía de Francisco Basallote, es pictórica, muy pictórica. Pinceladas construidas con una lengua viva y primordial, palabras posees el antiguo/ oficio de los ciclos”, para hacer evidente lo puro y palmario, casi palpable la naturaleza íntegra “en la claridad de la arena/ el silente abrazo de la mar”. En esta sencillez que emociona se encuentra la creatividad poética de Basallote. La natural fruición de la naturaleza en la natural sencillez, he ahí la elemental catarsis que comunica nuestro ser con el paisaje y la naturaleza, y emerge la belleza.

Cuando comenzamos a leer un libro, y más si es de poesía, buscamos de inmediato la atracción de lo extraordinario, un algo de más que resulte raro o extraño, al oído o en la sintaxis. Piensa el lector e incluso el crítico y el autor como autor, que la extrañeza, la rareza, configuran la originalidad de los que leemos. Así, en lo expresivo o representativo, en lo sensible o material, queremos hallar lo extraordinario, la rareza. En la simbología extraña, en la elaboración de ideas o sintaxis, en las palabras que se eligen y entrelazan. Si no hay rareza, no hay originalidad. No lo intentéis con Basallote, que su originalidad surge de inteligir la naturaleza con un lenguaje sencillo “la memoria es luz/ en esta puerta de Purchena/ donde el aroma de la tarde/ es tiempo revivido…” o “la misma espuma/ del sol en los castillos del viento;” : conjuga mar, sol, arena y viento, en los castillos, fusionando lenguaje y naturaleza, con originalidad que no necesita extrañeza.

Busca Basallote atrapar la armonía que expresa la naturaleza, esa armonía que se encuentra en la relación de la partes, y que él traspasa a su lenguaje, a sus poemas, y utilizando el contraste en la metáfora “bebe el agua de las clepsidras/ y sigue el ritmo de la sangre”, “la vega es fuego/ de llamas verdes”. Es curioso, que a través de la armonía y el contraste, se llegue a expresar y atrapar, la unidad de la naturaleza y el lenguaje. De esta manera, consigue el poeta que nos asombremos de la realidad que el poeta nos ha hecho observar, que deja de ser al de su Vejer natal, la del sur soleado, y se convierte en nuestra propia mundanidad. Si la poesía quiere sublimar la realidad, distinguirla y realzar, pero también evaporarla y volatilizarla, ennoblecerla al disiparla, la poesía de Basallote lo consigue “Un resplandor/ viste de luz las cosas,/ entre lo oscuro/ su palpitar/ es alegre lascivia/ como preludio/ adivinado/ de su cumplida gloria”.

Al ir leyendo, es evidente que nuestro poeta busca la expresión de la belleza apolínea, la belleza de la rectitud, del sol y de la luz, de la unidad. Sin embargo, la embriaguez que nos inunda, proviene de la junción de la naturaleza y lenguaje, y se la da el lenguaje mismo. Este lenguaje se implica con la naturaleza y la convierte en un puro reino onírico. El lenguaje de la claridad, de la sencillez, que impregna la armonía de la naturaleza con la embriaguez narcótica de la individualización.

Este lenguaje de la emoción, tan sencillo y puro, que la disipa, tan claro, que la honra, es el que nos reconcilia con la naturaleza.

3/15/2008


A FERMIN HEREDERO, por su libro “ALACENA DE TU PRENDA”. Rialla Editores, Valencia, 2000



Ya lo dijo el poeta: la hay que com - partir, porque la realidad se disimula así misma de triste manera; la hay que intervenir porque la realidad comparece siempre tal que se semeja impropia – y hasta cuando se asimila como la mía, me la arrebatan los demás.

¿Intentar hacer versos alegres – de la esperanza o de la pulcritud y de la esterilidad ante el blanco papel?– comparece la pregunta tan irreal, tan irracional, como la pretensión de que la poesía sea pura o perfecta (la única manera en que la entiendo, debo abrirle los brazos y acostarla a mi lado, compartiéndola en la obscenidad de una lectura con alguien que desnuda su alma, qué terrible acaecer como sarnoso amante compartido: y portar al poeta) y sólo así permitir la entrada en mi casa (donde ni siquiera una palabra mía es una palabra tuya o es una palabra nuestra) a un verso.

En cada mirada un verso: como aquellos pobres amantes que tanto les daba el buen coito como un pulcro soneto y se lanzaban desde las tapias enredados en sus sexos o en sus sonetos – al caso, lo mismo sea y con tanto amor podamos construir un próximo verso o un próximo coito, por si el acaso rutinario, y acontezca cual semejante el divertido di – verso o bi - verso.

¿Entiendes ya porque no se pueden hacer poemas de la alegría, con alborozo, a la jovialidad? Respuesta: porque tras el coito adviene la tristeza. El hombre es el único animal que entristece tras el coito – y algunos de ellos fuman cigarrillos para matarla y quienes escriben poemas (penados, por supuesto) para apesadumbrarse con la tristeza y recordar el coito y el soneto, para atrapar la tristeza en las propias redes de lo incierto, pongamos por caso, lo que hay en ella de mí, este pobre yo.

El coito y el soneto, tales armas para atrapar la tristeza, y quizá un lamento que siempre provoco para admirarte y concienciarme de que es posible el verso, tal que pellizco que nos abre los ojos a un espacio diferente y siempre ya más cuajado por la tribulación.

El penúltimo verso: lo escribe un poeta amigo adicto a todo, que no halla el verso ni el poema ni la perfección ni el coito y se abre las venas e inscribe en el frío mármol un postrero R.I.P. – y es probable que esto nadie lo denomine bajo el rótulo de tristeza: oh! Sí, Dioses y Diosas de la vida.

2/25/2008

Hermanos en la urdimbre
En la última edición de “Con voz propia”, preguntaba el amigo Ricardo Ruiz si la poesía tenía lugar, es decir, si había poesía de aquí y allá y acullá.
En ese momento, la pregunta me tomó in albis (país cercano a la poesía) y respondí cualquier barrabás – ada (líbrele el cielo que no yo) de la que además te sientes satisfecho de ego – latra (que es enfermedad de poetas y políticos).
No dejé de personarme en la puñetera pregunta y ya de manera ultórcrata, cuando llega a las manos el buen artículo en “El Adelantado” de Segovia de quien me adelanta a la respuesta, el gran amigo Apuleyo Soto (poeta versado y barbado, como Valle y niño que juega a las palabras “pa que abras” a la vida y el humor como Quevedo), Apuleyo sin más para los amigos e imberbes (como yo mismo, no por poeta y sí por imberbe y Francisco Puch), que dice que la poesía es “los amigos umbilicales”. Y cómo me gana esta maravillosa, preciosa, precisa, porque hace referencia al ombligo, a la unión y alimento, al punto medio (¿también al Aristotélico?), a los manuscritos, a la conclusión, y, además, al sol y sus cuadrantes estelares.
Pero quizá me gana más, querido Apuleyo, porque me retrotrae a otra palabra que degusto siempre “urdidumbre”, palabra que traduce la platónica “Symploké” en la que se encontraban las ideas. Y es que los poetas también están en Symploké, interunidos, intertejidos, entretejidos, entreverados (adivinos del desorden, sospechosos del caos), entremetidos y entremezclados, siempre relacionados, interrelacionados y siempre en la necesidad de expresar dicha relación.
Pero dudo que la tal urdimbre constituya una patria, más bien, como dice Osés, una fatría (y cabe Fermín, Jorge, Oscar, Heliodoro, Eliseo, Pedro, Juan C., Bouza, Bernardo, Alberto y hasta los que se autoexcluyen a la últimidad por divinos) y como quiere Octavio Uña, de comunicación.
Gracias a Apuleyo, dadas le sean, le respondo a Ricardo Ruíz que la poesía es la fatria de los hermanastros en urdimbre y ese es su lugar, su único lugar
Lo demás, poesía hispánica, gallega o comanche son sólo desafortunadas expresiones de la nostalgia del tradicionalismo y hasta propias del psicoanálisis cultural.

2/11/2008

Uña Juárez, O.; Hernández, A.; Diccionario de sociología, Editorial, ESIC, Universidad Juancarlos I, Madrid, 2004.
He aquí que adviene al panorama editorial un nuevo Diccionario de Sociología, editado por la ESIC y dirigido por los Catedráticos de Sociología Octavio Uña Juárez y Alfredo Hernández Sánchez, el primero de la Rey Juan Carlos, el segundo de la Universidad de Valladolid. Se cierra de esta manera un proyecto que se inició hace ya diez años, en 1993, y que ha tardado en romper el cascarón editorial porque siempre creció sobre la base de la calidad en la redacción formal/ material de los términos.
Octavio Uña y Alfredo Hernández son sinónimo de buen hacer en el trabajo, de que no habrá habido ninguna imposición de directrices y sí mucho acompañamiento en la labor, lo que denominaríamos “con – trabajo”. Por supuesto libertad en la elección del camino teórico que se debiera recorrer por parte de cada uno de los colaboradores y libertad a la hora de componer la voz para el diccionario, así como a la hora de proponer la bibliografía a consultar y aclarador.
Tanto Alfredo Hernández como Octavio Uña son personas dinámicas dentro de la actual “inmovilismo” teórico al que se ha acostumbrado la mayoría de la universidad de España, que en vez de ser “Uni - diversa” se ha conformado con aparecer como “uni – versa – da”, un dinamismo que saben trasmitir a todos aquellos que colaboran en este diccionario, de manera tal que todos los colaboradores y los coordinadores parece compartir un mismo sentimiento o finalidad, la de estar colaborando en una obra de consulta abierta, interdisciplinar y multidisciplinar, plural y aperturista, nunca oclusiva y transitiva, porque, de facto nos habla en todo momento de la totalidad de conceptos y nombres acaecidos en la sociología, y en las ciencias sociales que la trasversalizan, de España y del Mundo. Este sentimiento común lo encontramos en el hecho, por ejemplo, de que todos los conceptos, a pesar de estar compuestos por personas distintas, se interrelacionan perfectamente, haciendo comunidad, es decir, se refieren los unos a los otros como constructores de una ciencia y a pesar de la diferencia de avatares en los que fueron diseñados, y mantienen esa diferencia como lo fundamental que los caracteriza.
El diccionario se constituye en referir cerca de mil ochocientos términos realizados por cerca de trescientos colaboradores. Estos términos son principalmente de Sociología pero, a su vez, encontramos términos de ciencias transversales a la Sociología y que la amplían y la explicitan históricamente, como son la Filosofía, la Psicología Social, la Historia del Arte, la Economía, la Antropología social y filosófica, la Lingüística o la Teoría de la Comunicación. Por supuesto, el corpus principal del diccionario está constituido por aquellas voces principales dentro de la ciencia sociológica, los términos esenciales de esta ciencia, tanto si son términos teóricos así si refieren a algún autor relevante de la Sociología. En este punto cabe destacar el exhaustivo viaje que nos realizan por la historia biográfica de la Sociología Española, amén de todos aquellos sociólogos que en el ámbito internacional han sido relevantes.
El otro corpus de términos lo conforman los provenientes de la filosofía, en todas sus ramas, y, por supuesto, los autores filosóficos pero tomados en cuanto lo que aportaron a la ciencia Sociológica y a la Política.
Otro corpus de términos destacable es el que se dedica a las “regiones” de la sociología, a las diferentes especializaciones de la sociología, y que va desde la sociología cognitiva hasta la sociología de la literatura; desde la sociología de la ciencia y la técnica hasta la sociología de la edad; desde la sociología de la salud a la sociología de la sociología (metasociología).
También merece destacarse la buena y gran atención que se dedica a la teoría de la comunicación, y a la comunicación como el componente social vertebrador y edificativo, en particular, de sociedades e individuos, de empresas y movimientos alternativos al poder.
Otro elemento a destacar es la relevancia que se concede a la Hermenéutica, esa corriente filosófica nacida en el siglo XIX de varias firmas importantes filo – sociológicas y que en España se halla perfectamente representada en la figura de A. Ortiz – Osés y su escuela “deustense”.
La extensión de los términos no es una cuestión relevante, ya que parece que los propios colaboradores en la redacción del diccionario se han extendido lo que entendieron que era necesario para la comprensión del término.
Pero si merece destacarse la bibliografía, que es exhaustiva y parece concretarse en lo que se puede encontrar publicado en español de cada uno de los términos. Otra característica que hemos encontrado con respecto a los términos es que los coordinadores del mismo decidieran agotar el campo lingüístico de un término, incluyendo todas las voces posibles. por ejemplo, cibercultura, ciberespacio, cibernética, y que nos permite conocer suficientemente este campo semántico de términos, realizado por autores distintos, pero, a la vez, nos permite la posibilidad de tener a la mano una amplia bibliografía para propiciarnos un conocimiento en profundidad de dicho término. Y esto mismo se produce con una multiplicidad de términos a lo largo del diccionario. Con lo cual se ve que los coordinadores tenían in mente que fuera no sólo una obra de consulta básica para cualquiera que desee acercarse al conocimiento de la sociología y de las ciencias sociales o para el estudiante de estas ciencias, si no también para todos aquellos que precisan de una gran información sobre estas ciencias y con profundidad para la realización de trabajos específicos o tesinas, como para aquellos doctorandos que precisan de una primera mano tras su elección temática o para iniciar esa elección temática.
También cabe destacar la elección de los términos que se explican a lo largo de la obra. Junto a los términos ya clásicos dentro de la Sociología o dentro de las ciencias transversales a las mismas, encontramos otros no clásicos y que, además, podemos decir que hasta hace nada, eran términos de absoluta incorrección en política académica y de investigación. Nos referimos, por cierto, a términos que tienen que ver con la política de España en el periodo comprendido entre 1939 – 1975 y otros periodos históricos que se identificaran con éste, como Cruzada, Bandolerismo, Cofradía, etc.
Efectivamente, si durante ésa época términos con raigambre en la izquierda fueron clausurados, durante la transición estos otros términos fueron a su vez clausurados. Y es que España, e su pasado, cuanta con muchos conceptos que se repudian, hijos del prejuicio.
Sin embargo, corriendo como corre el año 2003, se hace necesario acabar con estas clausuras simplemente venidas de la tristeza ideológica, y tratar toda conceptualización de teoría política con la debida pulcritud y seriedad de investigador que no toma partido ni se rasga la vestiduras, sino que sabe que su función cosiste en poner al alcance de quien se acerque a conocer la realidad sociológica, la totalidad de esa realidad sociológica, sin ejercer la función de obturador de realidades. Un diccionario, sea de la disciplina que fuera, ha de dar una visión “perspectivística” de la realidad, como decía Ortega y no ofertarla con el “muñón” para generar de principio un sentimiento de animadversión a esa realidad; por supuesto, tampoco de simpatía. Por decirlo en facies filosófica, a de quedarse en el ti ón, el primer modo aristotélico esencial, el qué es. Y creemos que el diccionario cumple con creces este cometido y evita, de esta manera, generar más hijos del prejuicio, más conceptos a la clausura.
Decir que todos los colaboradores del diccionario son autores españoles, no es decir algo novedoso, porque existe en el mercado otros muchos diccionarios de sociología o de las disciplinas de las ciencias sociales, realizados por autores españoles, ya sean estos diccionarios comunes o de un solo autor. Este es un diccionario, otro, de los realizados por los investigadores españoles. Y decir esto es altamente satisfactorio, teniendo en cuenta que hasta ha bien breve tiempo, toda obra de consulta era mera traducción al español de obra francesa, alemana, inglesa, etc. Hoy, la obra de consulta realizada por investigadores españoles comienza a ser amplia y relevante, es decir, consultada, que es su fin. Lo que también resalta en este diccionario con respecto a los colaboradores es el hecho de que todos ellos pertenecen a las Universidades de nuestras Comunidades Autónomas o bien a alguno de los Institutos de Enseñanza Secundaria de nuestras Comunidades Autónomas. Y aquí encontramos otra de las peculiaridades de este diccionario, que al lado de consagrados Catedráticos de las diversas Universidades, encontraréis a profesores de Secundaria. Efectivamente, al final del diccionario, en el índice de autores, junto a los nombres de conocidos catedráticos de universidad, aparecen los nombres de profesores de instituto, componiendo, y creemos que por vez primera, una colaboración entre ambos niveles de enseñanza, que no de investigación, y que era tan deseada por los diversos espíritus de las diversas leyes de enseñanza.
Mirando el índice de autores también se cae en la cuenta de la diversidad de enfoques teóricos que lo pueblan. No hay un enfoque teórico uniforme, cosa que no es de desear en ningún proyecto, ni, menos aún, la visión teórica de una única universidad – no en balde, encontramos profesores de secundaria. Se pudiera definir este diccionario en su resultado final como un proyecto realizado desde la diversidad teórica (y, por ende, ideológica). No es una obra que se pueda apreciar desde una unidad de teoría o de ideología. El índice de autores habla más bien de una amplia gama de teóricos de la ciencia sociológica y investigadores de la ciencias sociales, tanto desde el punto de vista de sus filias teóricas, científicas, y el desarrollo de sus propias especialidades. Y si el criterio que ha llevado a elegir una de las versiones de los términos es la pulcritud y la exactitud en la realización formal/material del término, quiere decirse que todos los autores que se encuentran en el diccionario son los que debieron estar y que no cabe la disquisición sobre si falta alguno (porque sobrar, no sobra nadie).
El diccionario que estamos recesionando creemos que supone un paso definitivo en la asunción de nuestra cultura, con la pretensión de ofrecer una visión global de lo que ha supuesto el desarrollo de la sociología, y se realiza tanto desde un plano biográfico como desde la definición de los conceptos generados, tanto en nuestro país como en el mundo.}
Y se realiza esta visión global desde una panorama liberal, sin partidismos, como creemos que es la sociedad española actual. Asunción desde el plano teórico y de investigación que se hace precisa.
Damos la bienvenida a esta obra de consulta, que ve la luz tras diez años de esfuerzo por parte de sus coordinadores y de los colaboradores. Obra que se presenta como pulcra y se decanta por la calidad en la realización formal / material de los términos que presenta, desde una perspectiva global abierta y liberal, sin partidismos ideológicos ni teóricos ni científicos, con una total libertad en la composición de los términos por parte de los colaboradores. La calidad que presenta y la exhaustividad en el tratamiento de los términos, la harán una obra indispensable en el panorama de las obras de consulta de la Sociología y de las ciencias afines a la misma.

1/15/2008

Joan Gomper: “Teoría de la Presencia”, Editorial Celya, Salamanca, 2004
Se publica en la editorial Celya, la última obra de Joan Gomper, una mezcolanza de poesía versicular y poemillas de ciudad, “cuasi Damasianos”, alonsamente sanchianos, podemos decir.
El título no proclama lo que el interior desvela, pues parece que nos encontremos ante un libro de proclamación teórica de una estética del mundo. He de decir que yo mismo creí, antes de verlo y leerlo, sólo como título en un catalogo, me enfrentaría con un texto extenso de estética, y proviniendo de Gomper, con toda seguridad polémico, discutible en todos los puntos tratados, polemizador, dialogante, elegante y clásico. Cuasi una cuestión quodlibetal.
Memos mal, era un libro poético. Un libro poético de Gomper no pierde nada de lo dicho, ni de estética ni de polémica. Y con ello nos enfrentamos, y a ello os enfrento.
Teoría, contemplación, actuación del entendimiento teórico, búsqueda del conocimiento, de la sabiduría, clásica traducción de Teoría del título. Teoría en este caso, búsqueda de las raíces, de la infancia, de la adolescencia, de la actualidad, en un trozo de paisaje, en una ciudad completa, en un arribe del Duero, en una ciudad perdida. La teoría siempre tiene proutsianismo, por ser búsqueda. Será porque como explica el propio Gomper la “flor de almendro no se limita a caer”. Esta búsqueda es, desde el principio, búsqueda de la identidad, y se plasma en Castilla y se concreta en un “castillejear” como santo y seña, una búsqueda de Castilla en Castilla. , búsqueda poética “una voz un instante/ en medio de la tierra”.
Presencia, asistencia personal o asistencia de la persona que se halla delante de otra o de otras en el mismo paraje que ellas. Los parajes, los paisajes, sin que se hallan presentes en esta poesía, en esta poética de la presencia. Todo lo demás, las personas y lo personas, parece desaparecido, porque un dios no guía la mano, porque un dios no se entregó a la bruma, la memoria de las personas desaparece. Es que las personas, su presencia esta en la distancia, en las naves espaciales que vuelan a la luna “que todo el tiempo de este mundo/ todo el fuego artificial del verano/ tu perfume tuyo en mi dedo/ mi anorgasmia mis oraciones/ se lleven, como un tango, la luna”. La luna siempre permanece. Para este punto, resulta esclarecedor e importante las palabras / pórtico de Celia Bermejo.
La Teoría de la presencia de Joan Gomper se edifica como la actual memoria de una especie poética de Castilla, que se siente perdida pero sabe dónde buscar la identidad, en el paisaje, en la lluvia, en el pan de cada día, en el manantial, “sin amnesia sin temer estar siempre y respondiendo”. Castillejear la poesía, las palabras como puerta de Ávila que el propio Gomper ha dispuesto ante su libro.

11/27/2007

HEREDERO, FERMIN, SONETOS DE AMOR Y VIENTO, EDITA TELIRA, ARANDA DE DUERO, 2004.
Nos regala Heredero Salinero con un nuevo libro, en esa carrera tardía al público pero ascendente entre los poetas patrios y los críticos literarios, y un aprecio entre el público poco común. Durante toda su vida, Fermín se dedicó a trazar en su mente los poemas que jamás escribió y que han cimentado una bella poética que ahora surge y se traza en ondas de mar de Aranda, padre Duero.
Tras una serie de libros en que mezclaba verso libre y composiciones formales, se descuelga contra el viento, con un libro de formalidad poética clásica, todo el sonetos. Y sonetos de amor y viento.
Un libro íntegro de sonetos, cuando esta forma poética es la más denostada. Es curioso como nadie hace sonetos y se lanza sobre esta forma literaria lo negativo, el no, pero todo poeta que se precie, en cuanto salta la ocasión, de rondón cuela el soneto.
Sin embargo, no es el caso de Heredero Salinero, que ha demostrado sobradamente su capacidad para el soneto en las diversas revistas en las que colabora, o en sus anteriores libros. Es sonetista viejo, en la mejor tradición de Blas de Otero.
Y son sonetos de amor y viento, de un amor intenso y un viento ardiente. La belleza del soneto de Heredero Salinero emerge en el instante en que nos hace notar la ausencia del encuentro del amor, de la ilusión del amor, de la plenitud del amor o del desamor del amor. Y estos son los cuatro momentos en los que divide el libro, las etapas del ars amandi, de la cotidianidad del amor, del amor inmenso e inmediato.
He ahí la belleza que nos asalta: cada cual pude comenzar el libro por donde desee y continuarlo a gusto. Que no sólo existe la lectura lineal que establece Heredero Salinero, sino una multiplicidad de lecturas diferentes y que diferencian el libro resultante del concebido por el autor.
O quizá el autor ya lo concibiera como una rayuela de amor y viento, para que cada cual principiara a leer por donde apeteciera más a su belleza, a sus ausencias, de la plenitud a la ilusión, al desamor y al encuentro o del encuentro al desamor y de ahí a la ilusión y a la plenitud. Sucediendo el camino de soneto a soneto, descubriendo los mil y un matices: “solo los dos, tumbados en la hierba” (plenitud), “el vértigo nocturno de una rosa” (desamor), “se cuelgan las palabras de tus ojos” (encuentro), “escuchas el poema que recito” (ilusión)
Y así pudiéramos continuar sin cesar, re – construyendo poemas nuevos o sentidos consentidos por el propio poeta y que saben se encuentran en el propio devenir de las lecturas como gozos.
Aunque nunca se mencione, que los prólogos parecen no pertenecer a los libros, el sentido de rayuela poética lo da ya la prologuista, queriendo o sin querer, cuando nos habla de su propia lectura, de su rayuela. Resulta infrecuente que un prólogo dé con tino sobre la escritura, y Felisa Fuente Pascual, la autora del prólogo, nos pone sobre la pista de la lectura. Y ahí que agradecerlo o decir que nadie entre en la lectura sin pasar por el prólogo.
Normalmente, en poesía se busca la novedad formal del autor, el qué ha hecho para diferenciarse de los demás poetas. Porque el mundo poético, en toda ocasión, se llama poético a la ruptura con la tradición, con el pasado. Heredero Salinero, sin embargo, constituye la novedad de su nuevo libro en el hecho de ser sonetista viejo, en la mirada dulce a la manera del soneto, especialmente Blas de Otero, que resuena en la forma, en el fondo humano al que nos invoca Heredero Salinero.
Y en ello va implícita una nueva lección: la vuelta a las formas heredadas de nuestros lustrados poetas in – leídos, des – leídos, porque los últimos tiempos se encuentran lastrados por una ruptura con todo elemento del pasado, por una negativa de los autores propios y extraños, con una invocación a la propia experiencia como una única fuente metafórica.
Sin embargo a Heredero Salinero, le mueve el pasado poético y lo muestra sin rubor.
Los sonetos de Heredero Salinero dejan en el paladar un sabor a un viejo amor que no volverá, anclado al fin en el mundo de las ideas muertas, a un nuevo amor que ilusiona más al cuerpo terrestre que a la mente Platónica, y, así, nos llaman a un disfrute erótico.

10/11/2007

López Cantos, Juan Carlos, Los ingenios del tedio, Editorial Devenir, Madrid 2007. Prólogo de Bernardo Cuesta
Es un día de rayos y truenos y lluvia incesante, tan permanente como la propia poesía que me envuelve, y que entre mis manos reposa.
Se trata del último libro publicado de Juan Carlos López Cantos, Los ingenios del tedio. Muchos de los poemas del libro los reconozco, platónicamente, porque el propio Juan Carlos nos los mostró tertulianamente, en los entresijos de Telira. Otros, por el contrario, los he leído en su primera aproximación, como quien descubre la seda mientras la elabora el gusano. No utilizo esta metáfora en balde, que resulta evidente que los poemas de Juan Carlos, nacen de la querencia por encontrar la aproximación lingüística al nacimiento mismo de la observación de la naturaleza pero ya convertida en abstracción y lógica.
Convengo que Juan Carlos quiere descubrir lo natural del lenguaje, lo que resulta más cotidiano, lo que nos convoca a hablar y que inopinadamente se transforma en lo común abstracto. Me da la sensación de acompañar a JC. López por una senda en la que la contradicción acecha: nos acompasamos en lo más natural y, sin embargo, resulta lo profundamente artificial, en cuanto que, al compartirlo, se resuelve en la pura abstracción.
Un ejemplo claro es ya el primer poema de la primera parte, que recibe por título la i griega, curiosamente, pero que es excesivamente latina y a pesar de que surge en el propio título, no se encarna sino en el final del poema: “la i griega/ es mi equipaje, esa letra/ salvaje entorpeciendo/ el verso a cada paso,/ como si hubiera algo más/ por decir, algo/ que quedara siempre/ flotando/ Y, mira tú, va a ser cierto” ¿Qué es lo que va a ser cierto? Que la i griega es letra realmente existente, que salvaje entorpeciéndole verso a cada paso, si queda por decir algo, o…
Entiendo que bajamos a la misma pureza del lenguaje, a la poesía, por mor de encontrar si esta poseyese el nombre exacto de la contradicción. Incluso el propio título, aunque no lo hayamos prestado excesiva atención, nos predispone a conectar con la contradicción cotidiana de la vida: vamos a jugar poéticamente con el aburrimiento para sacar de él la inteligencia, como quien obtiene, evidentemente, el nombre exacto de las cosas.
A veces la vida nos hastía de la evidente y exclusivista exactitud matemática que nos corroe, porque al detenernos excesivamente en la misma, perdemos el demostrativo tragaluz de la piel transparentada, de la animalidad – no en balde, un apartado del poemario está dedicado a “la fauna del lugar”. Desde el inicio hasta el descubrimiento de la poesía que dimana de la divagación con el aburrimiento, todo el poemario se concreta en medir la hechura de la contradicción que supone el suplicio de que desde “bien temprano lluevan nauseas” y que desde aún más temprano el mismísimo pensamiento, queriendo desatar los rayos de la racionalidad no consiga sino permanecer en la “glorieta del despido”.
Perdonen, quizá divague en exceso por un valle de contradicciones vespertinas o matutinas, pero es que el epílogo, no nos resuelve nada, faltaría más: “Pero nadie ha echado un pie/ a tierra antes de tiempo/ Late la brisa en contra,/ o a favor, la niebla sube/ el sol por algún lado…/ hacia ninguna parte/ Todo navega y no va/ O, mejor dicho, sí”. Al final sólo se nos permite, de nuevo, la contradicción, como la única constante, que no es matemática sino poética. En el transcurso de libro, se nos abre la realidad a una poética tan clara: la palabra tan suave, tan clara, tan simple, debe construir desde la contradicción el mundo “ante los golpes de mar/ que aún no,/ ante la tempestad/ que está esperando,/ desconcho la cubierta/… y si es preciso/ escribo más”. Escribir más: porque el poeta se hace y el poema se nace…


10/04/2007

Maeso, María Ángeles, Vamos, vemos, Editorial CELYA, Salamanca, 2004, II Premio de Poesía León Felipe.
Estoy cansado. Ha sido un día atroz, como para marcharse de casa, no volver jamás. No por nada; sólo por una necesidad de modificar lo sedentario de la vida nada dadivosa. Que de pequeño, al ir con el abuelo, aprendí de sus amigos sindicalistas, que la acción era lo único que deberíamos cumplir para que, al juzgarnos Dios, no tengamos que arrepentirnos ante él de no haber puesto ni un gramo propio al progreso hacia el juicio final.
Vuelvo a la acción pero sin abandonar mi casa, la comodidad del hogar, acogiendo entre mis manos este libro de María Ángeles Maeso, ya leído, olvidado, desgraciadamente, entre tanto mal libro de poesía que puebla mi librería, titulado con dos verbos de mucha acción, Vamos, vemos, y que mereció, debidamente, el premio internacional de poesía León Felipe. Leo, mientras intento calmar los músculos tensos del cuello, mientras alejo mi mente fuera de la habitación sedentaria de mi casa.
Vamos…vemos.
Dos acciones continuas. Una indicando viaje, la otra nos lastra a mirar a nuestro alrededor, a todos los objetos. Un viaje de atención a la realidad que circula ante nosotros. María Ángeles Maeso, se muestra como una Beatriz de silencio pero atrayente (quizá porque las Sirenas atraen más por lo que callan que por lo que cantan…) Un silencio compuesto por esa manera de “utilizar la negación para construir esa afirmación sabia e irreal”, que nos comunica el prólogo de Francisco Viñuela. Oíd: “nadie habla, pero el silencio es una mentira” o “nunca fuimos expulsado de un jardín que no pisamos”. Beatriz de los Ángeles Maeso, guía, conductora, supervisora y preceptora, de quien hasta su libro se acerca. Que si alguien dice Vamos, hay la necesidad de que otro vea. Si ella es Vamos, yo soy Vea.
¿Por dónde nos guía? Su vamos y nuestro vea, es una senda y su vamos y nuestro vea, llega hasta un lugar infantil, paraje para todas las niñeces. Un pueblo de interior, pleno de sol y tragaluces, de semillas y pobreza, camisas de fuerza y toda una fauna única, que giran en el cielo de estrellas, en manantiales ricos de sed.
De toda esa fauna que presente y que gira por los cielos de nuestra/su memoria, destaca esa rata auténtica, que propiciará que el mismísimo guía y su acompañante, el vamos con el vemos, asciendan cien metros hacia el interior de los propios cuerpos.
Es rotunda, desde luego, la sensación que nos provoca este ir, ver, y no sentir bajo los pies ni cielo ni tierra. Aunque, dios mediante, todo acaba donde debe, en la esperanza primaveral. Muy terrestre, nuestro vamos y su vemos, que finaliza o se reinicia en un tallo que es “denunciante y provocativo” a un tiempo.
Muy matriarcal, sólo la madre tierra nos reconoce, frente a la ciudad imperial, tan legal. “Vamos, vemos, que sucede a cada hora”.
Descanso.

9/26/2007

El último día de mi vida
Izquierdo, Marcial, El último día de mi vida, Ed. Bruño
Éste es el título que ha decidido poner a su primera novela el autor burgalés Marcial Izquierdo. Novela que edita Bruño, y que aparece en un esquema de novela breve, juvenil, y dirigida a un público adolescente, entre los doce y los… Precisamente, una lectura ingenua de la novela, nos abocaría a contestar en los puntos suspensivos, dieciocho…
Porque la novela, en un registro reductor de su lectura, nos lleva a un mundo juvenil, donde los adolescentes que pululan por la misma, semejan criaturas indolentes que esperan la campana que indica la finalización del tiempo pausado, para iniciar, acto seguido, el tiempo de la ruptura, el tiempo “online”, que es un acto seguido sobre puntos suspensivos.
La novela breve y de lectura que engancha, se inicia en el principio de un día normal, donde los adolescentes lesivos que la protagonizan, centran su vida en que llegue la noche y todo el alcohol que les inunda, les induzca a renunciar al amor y a la vida en el acto egoísta de demostrar su propia iniciativa impulsiva, su thanatos vital.
Esta lectura merece la pena, como un momento transversal en el aprendizaje que nos procura el propio desarrollo como personas.
Una lectura menos reductora, ampliaría la edad a la que va dirigida la novela, convirtiéndola en una novela para mayores con reparos metafísicos.
Efectivamente, esta segunda lectura se iniciaría de raíz en el propio título, y cabalgaría a través del mismo. Asistimos al último día de mi vida, de su vida, de nuestra vida: un último día que puede ser hoy mismo, ahora…
Perplejos comprobamos que a pesar de que va a resultar el último día, no nos invade, en ningún momento, esa serena sensación de posteridad con la que maquillan a los personajes cinematográficos.
Nunca sabemos si vivimos ya el dorso de nuestras vidas, el instante donde sólo se precisa ir manejando esas últimas palabras por las cuales nos recordarán. Hoy pienso que quizá ni siquiera sean palabras dictadas en la ultimidad del suspiro de finalización, sino convencidas palabras que surgen de aquellas personas que viven en la querencia de la posteridad, a la retaguardia del desarrollo vital.
Esta lectura nos urge encontrar respuesta a la ausencia de este sentimiento de posteridad, que configura el rostro de la sociedad actual, donde nada de lo que ocurre es vicisitud, efecto y orden.
Una tercera lectura de las posibles, nos presenta el libro entero como una sola pregunta que requiere nuestra atención, una posterior reflexión para alcanzar una respuesta. La pregunta es simplicísima, ¿qué es la amistad?
Todo el libro esta configurado por esta pregunta, como si las propias letras saltaran de un lado a otro y, ante nuestros ojos apareciera siempre. De esta manera, el autor revela la necesidad de posterioridad que nuestra época ha ocultado, y, por otra parte, nos dirige al real concepto que no parece conformar a la persona ética, la amistad. ¿Adhesión? ¿Intimidad? ¿Lealtad?
Esta lectura hace que el libro se dirija a todos, pero, especialmente, a aquellos que deben hacernos crecer como personas, a los educadores o padres, o al padre que todo niño lleva dentro (y todo adulto, por cierto)
El último día de nuestra vida no es un día online, no es un día egoísta, es un día donde la posteridad se halla como raíz del que emerge, y que se eleva sobre los pilares de la adhesión, la lealtad y, por qué no, la intimidad. No en balde la comprensión filosófica de la Vida sólo se alcanza cuando se urdimbra la misma con estos mimbres.


9/24/2007

Trópico tópico tóxico

La primera vez que leí a Henry Miller, explotó el mundo tras de mí y en cada palabra que leía mentalmente. O bien, una vez que hube entregado el alma todo siguió con insoportable levedad sexual.

3/23/2007

Material reservado
La vez nocturna que oí recitar a Muñoz Quirós todo su material reservado, cada verso como verdad caleidoscópica, como un boceto vocálico libre y pleno de color, no pude sino sobrecogerme como en un orgasmo pleno donde nunca se llegara al cigarrillo del tiempo muerto.
Su lengua y sus labios y sus manos, se descompasaban en rupturas sintácticas sincrónicas y níveas, y me transportaban, sobre alunizajes de lunática y casuística luz, con titilantes tristezas y lánguidas novias viajeras, ásperas y sentimentales, al hades ardiente de divinas comedias.
No era Muñoz Quirós de esos poetas que quisieran enmendarle la plana de planificación al Dios mismo en su misterio profundo de manera infundada y sin furia, ni de aquellos de la décima fácil y flatulenta con sentencia soez y sapiencia chocarrera, ni siquiera de los que juegan a olvidar los nombres de los versos que imitan: todos ellos dejarán como recuerdo curioso el vómito que los gusanos echarán algún día contra los tojos y los cardos, en ortigas y caminos sin salida.
Era Muñoz Quirós la noche misma, la oscuridad tajante que nos recorta como figuras que a rastras se debilitan en paisajes de murallas reconstruidas, de nieve hollada, de bolsas de sangre que espera impaciente el vampírico egoísmo de nuestras lustrosas tropelías en otros países, como Marlowe, como Borges, como Cernuda: en ciernes.
Era Muñoz Quirós la vida recobrada por medios improbables, tan ilícitos como nuestro propio nombre, que lo pronuncia Dios en diversas vertientes y nunca lo completa un poema, oscuro como el dedo que lo escribe, como la palma de la mano donde nada se ha inscrito, ni una sola línea ni un solo día.
Los versos que recitaba en la noche de autos Muñoz Quirós, cuando el resurgido yace sobre la sábana sangrienta y el policía vigila que se recorte a la perfección las líneas de la mano de la mujer liviana, material reservado a vates espídicos, bisturís de los injertos imposibles, novelas como noticias verídicas de los lastres asesinos, huella extinta de los cambios de piel, todo ambigüedad y talento, se injertaban en nuestro cuerpo para extraernos la vaguedad y la ausencia y la pus y la historia más negra, grafológicamente nevada.Los versos que recitaba en la noche de autos Muñoz Quirós, cuando sólo queda los restos del informe policial, cuando no queda sino los cuatro jinetes sin Apocalipsis, donde no había más salidas que el visor de sus ojos luciérnagas, sobre su monumental verso descarnado, prendieron en el acantilado de nuestro dedo pulgar.

12/13/2006

El viaje sentimental de Apuleyo Soto
Apuleyo Soto: Del Duratón al duero. Edita Junta de Castilla y León. Valladolid 2006.
Mi querido Apuleyo Soto, cargado de viajes en coche, apabullado en mísera ocasión por el monstruo del asfalto en forma de tijera, que inundó de cortes la pierna de Ana, decide reindicar a su vida el fenomenal viaje a pie, por las riberas del río Duratón. Pertrechado como un Dr. Livingstone, va al encuentro, y a que le encuentren, de la sencillez y camina, viaja, nada, aguas abajo de un río rico en contar lo consuetudinario. Necesitaba seguro de esta inocencia de lo natural quien sufre en frenesí del accidente.
Inicia su viaje en lo más alto del inicio del río más “suyo”, a los pies de la Fuente Mariquita; y lo finaliza recopilando su propio fluir a la sombra sojuzgante del Pino Macareno. De Fuente a Pino, del frescor reverberante del agua emergente, al refrescante crujir de los pinos, seguro que tan rumorosos como los de la gallega eterna, allí donde el Duratón se renace como Duero.
Un río nunca muere, nunca va a dar a la mar, que siempre se refluye lujurioso en la prosa sagaz, pedagógica, dadivosa, de este maestro de tropas románticas que es mi maestro más querido, que se abalanza buscando ya una planta y su nombre más auténtico, el que le da el mismísimo pueblo; ora una simple charla con quien más sabe del fluir de la vida de las gentes junto al río, flujo de anécdotas en un verdadero cuaderno de bitácora sociológico; ora nos para paciente y cicerón en el centro mismo de la leyenda castellana, en el mismo centro de la Plaza Mayor de los pueblos castellanos más añejos; aquí para y detalla planta, arbusto, cerro y meseta; aquí nos entremezcla con su propia vida última, sucesos y batallas, el baño de la bella Ana, para curarse.
Tiene la palabra de Apuleyo Soto mucho de cura, no sólo de curación sino de “cura”, de párroco, porque a más de sanar el cuerpo, sana, culito de rana, el alma su palabra abracadabrante, abrasante, sanguinolenta, cuando la recita ya ciprés inhiesto o picarón chispeante. Nunca se sabe que se sacará del bombín o de la pajarita “palestrina” este cantaor, mago de hinojos ante campiñas y serrijones, en llanos y en todos los riscos, de este Duratón, que dura tanto como la vida seria de mi maestro en todas las ceremonias, como la palabra que queda colgada en su lengua de guasa redimidora.
No creo que sea dado aburrirse en este viaje con tan grata compañía, y a salvo de salvajes gestadores de realidades ambidiestras. Se detiene el tiempo en la apalabra que acompaña el fluir de este río, como si la palabra contuviese la vitalidad y detuviese la turbiedad del agua. Este libro sí que al fin defenestra a Heráclito.
En este viaje sentimental por el Duraton (hasta el Duero) si que se nos hace posible bañarnos dos veces en las mismas palabras, aunque con distinta agua.
Transmuta así al Duratón, y más con esa recopilación final en el arenal de Peñafiel, en ese río griego que tiene nombre de fugacidad eterna, Hades, con el colorido estirado del otoño en las ondas del río quedo, muy Greco.
Recorriendo el río Duratón línea a línea, con las palabras como espuma que blande delicadas caricias, he sentido que un río nunca nos lleva: nos cruza las entrañas.
Somos el río, su emergencia.

11/17/2006

El final de todas las vigilias
Reza Novoa, Sindo, Mientras dure la penumbra, Ediciones Taller Literario Hojas sueltas. Mariara. Venezuela, 2002.
Recesionamos hoy el último libro recibido en España del poeta Sindo Reza Novoa. Este poeta, gallego de nacimiento (Celanova, 1959), venezolano de "pacimiento", se licenció en literatura en la Universidad Libertador de Maracay, y, allí ha "ligado" su poesía, entre la morriña y la vivencia pérterrita de lo vivido, como ya manifestará anteriormente en sus otros dos libros “Saudade” y “Ausencias y destierros”.No descubrimos nada si decimos que la poesía de Reza Novoa es una reconstrucción de la palabra castellana, de la palabra gallega en el tiempo de la ausencia de castilla y galicia, a la procura de una intimidad nueva, de un estar poético nuevo, bajo otras señas de identidad, bajo otro sol (que no es el recio de castillas), bajo otra lluvia (que no es el melancólico orballo gallego) En este trabajo de alcanzar el estar se entrevé que la única intimidad posible la da la poesía, en ella se constituye.Conociendo a Reza Novoa, se va a entregar a la poesía como un amante “baudeleriano”, sabiendo que le cubrirá la penumbra y su duración. Ahí descubre que la única manera de construir la intimidad es en la palabra que surge en el encuentro con la amante, nueva cada noche o desvencijada y arcaica, como la propia poesía.En este horizonte se interpreta su nuevo libro: celebración clandestina y pública de la amante impúdica, la palabra que emerge de cada encuentro, de cada desencuentro, consuelo y desconsuelo de los amantes que al afirmarse, se niegan, que al negarse, se redescubren con deseo voraz por el otro, que por conquistar el amor se dejan morir de inanición poética o resucitan perennes de su devoción devorativa “y eso me contenta”.En treinta y nueve poemas describe los ritos, los gritos, los frutos de estos encuentros amorosos: desde la necesidad de seducción sin salir del mundo propio (“sedúceme sin sobresaltos/ pero déjame horizontal/ cubierto de cielo/ mientras dure la penumbra...); o la necesidad de no saber qué con la amada o no poseer palabra porque amanece el destierro ( “una dádiva apenas de tus ojos/ ¿y qué más podía pedir/ ¿y cómo nombrarla?”); o disfrazar al amor cuando nada hay ( “ella es como es/ por eso/ en los días estériles/ suele ataviarse de espantajo”)“Mientras dure la penumbra” es un libro duro, seco, recio, pero al tiempo suave, tenue, tintado de morriña. No se lee de un tirón a pesar de su breve espacialidad o, si queréis, precisa de muchas relecturas posteriores o al tiempo. Es como un río de excesivos afluentes o, como en aquel poema sobre los dos caminos, tomamos el más inesperado, pero siempre queda la vuelta atrás para tomar el otro y quizá volver porque en el otro anterior no vimos todo lo preciso. Pero volveremos siempre que sobrevivamos “a esta noche de cabellos lacios, de palabra tacto, de hastío y certidumbre”.Reza Novoa nos regala un libro de emociones y “da al traste con todas las vigilias”.
Gotas de lluvia que al caer
Hojas de lluvia, Santos Jiménez, Editorial Celya, Salamanca, 2003
Tras el “Diario de un Albañil”, publicado en el 2001 por esta misma editorial, ha llegado a nuestras manos el último libro, hasta la fecha, de Santos Jiménez, para ahondar en la persecución de un lenguaje poético basada en la síntesis. ¿Qué queremos decir? Cuando aceptamos y si aceptamos que la realidad es dialéctica y cualquier conocimiento que realiza el hombre es dialéctico, incluyendo el poético, la síntesis supondría la asunción de lo dado y lo pensado. Lo pensado es siempre tesis, lo dado es siempre antítesis, lo real – pensado es la asumido o “la canción costumbrista del leño en la lumbre”.Asumir es una palabra grave, porque implica que aceptamos, damos el sí, tanto a lo dado como a lo pensado, trenzar el día tanto con lluvia, humo, niebla. Probablemente la palabra asumir requiere saber integrar lo positivo y lo negativo e integrarlo. Saber trenzar lo uno en lo otro, lo otro con lo uno, en una urdimbre de amor, amistad, cariño, sinceridad, honestidad, que son las palabras que con gravedad de espada de Damocles gira sobre el lector de este poemario.Quizá lo más poco juicioso que ocurre en la vida es que los demás te pidan lo dado por lo pensado y lo pensado por lo dado, destrozando de esta manera la jugosa síntesis que había ocurrido en el verso penetrado “que no, que no me pidan tus ojos / lo que debo a tus labios”.Por eso Ulises ha de salir a la búsqueda de verificar su trenzado, su integración, su asunción. Volver a asumir lo asumido en un periplo por las cercanías primero, las lejanías después, de las propias palabras, de lo concebido, que es palabra cercana a asumir, para convertir lo creado en con – sentido.De este periplo por “la rosa de invernadero” sólo emerge que “no hay luz, ni remedio, ni mordaza, ni lluvia, ni consuelo”, que sólo queda con su misterio intacto (es decir sin digerir ni interpretar o asumir) “la sardina de tus ojos”.El conocimiento final del poemario de Santos Jiménez nos deja en la perplejidad de entender que no hay nada que asumir, lo asumido no tiene misterio. Sólo posee misterio el otro. Pero, ¿es el misterio el final de la vida, la finalidad del poema? Es la pregunta que queda en la mente de quien lee, y es pregunta que otorga belleza a la totalidad del poemario.Santos Jiménez intenta dar toda esta información de conocimiento poético en un lenguaje conciso, llegando a la condensación: lo máximo en el mínimo significado posible. Fíjense, cuando lean, sino, en el primer poema, que es una tesis doctoral sobre el significado de la poesía en trece versos, aunque luego su desarrollo componga la primera parte del libro.Y resulta original que revele, en un apartado de su artesanía poética, a proponer que el poeta nunca verá el poema acabado, como la madre que muere al dar a luz “ojos sin descanso / que no verán / el perdigón”La originalidad de Santos Jiménez la encontramos en un lenguaje amplifica significados interpretativamente hablando, desde la máxima condensación posible sígnica. La poesía de Santos Jiménez es muy recomendable porque tiene un valor enorme cuando nos interesa, sobre todo, intimar en el significado de la propia poesía, desde el conocimiento meta – poético, consideramos, al que nos hace viajar como si el mismo fuera, en su carne versicular, Ulises conductor y las sirenas hechiceras.
El corecero herido
Jorge Villalmanzo, Círculo adscrito (por penumbra y reflejo), Celya, Salamanca, 2003
Aunque ya hace tiempo de su salida al público, a los demás (triste sería y serio que la poesía saliese al mercado) nunca está demás recuperar lo que se hizo a comienzo de año, como si pretendiéramos con ello, hacer balance. Pues en un país en el que se edita tanto (son tres mil quinientos libros de poesía anuales los editados), es propio distinguir al año lo bueno, de lo malo, lo que es aprovechado leer, de lo que no se puede leer ni aunque uno se encuentre suficientemente preparado para el suplicio. Así que por ello recuperamos el libro de Villalmanzo, para que quede como nota de lo bueno, anécdota de lo aprovechado que le sienta a uno la lectura de este círculo adscrito, al que todos, desde luego, deberíamos adscribirnos.Si el mundo es puramente erótico, la poesía lo es en su totalidad y no deja reserva a ninguna otra impronta que no sea lo erótico. Lo que amamos, que es siempre lo que deseamos, aquello en lo que resultamos deficitarios, y el libro de Villalmanzo nos con – muestra uno de esos deficitarios de hoy: la búsqueda de lo infinito, el sentido elevado de lo cotidiano, el esplendor dorado de lo desconocido – tal así que hasta lo conocido es mejor velarlo... “reconozco en el velo...”. ¿Nos con – muestra? Sí, con nos muestra y con ayuda de otros. Y es que este libro de poesía, resulta que se implica el autor, el lector, y un señor de barbas que hace un prólogo que es una parte más, e importante, del propio libro, un trío sensual (manage a trois), en el que se suda tinta a chorros, tanta, y como dice Bernardo Cuesta, que no sabemos lo que estamos haciendo, o quizá, te amplio Bernardo, robando nuestra alma inocente a los dioses en su propio espacio...La búsqueda de lo infinito... cuando lo cotidiano es incontenible, que desborda sea la mirada o una sonrisa, no cabe más solución que la mirada al infinito, lugar propicio para el cambio y la sonrisa, aunque bien sea cínica o real, siempre mágica, transformativa...El sentido elevado de lo cotidiano, la noche, el mundo nocturno, el mundo velado, ahí se prefigura al escritor, al poeta, que se encuentra la transformación, el núcleo apropiado, el espacio queriente, de la realidad; y a la consecución hay que lanzarse de que con todos los libros con lo que dormí sean “caballos con arena hasta el filo”.El esplendor dorado de lo desconocido o la realidad del circulo adscrito, que además reconocemos de antemano como la perdida: un juego que puede hasta estar trucado, que nunca somos capaces de evadirnos de su desarrollo; incluso si debiéramos rectificar (esta critica, por ejemplo, esta recesión, quiero decir, o al menos este comentario) no seremos capaces de engrandecer el error. Por eso sólo cabe caminar la noche y perderse en ella por si en una rendija amaneciera la luz.... “con cada nueva apertura realizada, / un nuevo nivel de conciencia elimino de mi ser”.Es delicioso, aunque acabe uno con la sensación de que la noche no iluminó su pupila, lanzarse de lleno a este manage a trois, con el autor y su prologista, Jorge, Bernardo y yo, al encuentro de la herida, a la propuesta de la sutura. Y, si no se sutura, no importa, que eso puede que sea la poesía: una de – suturación que me implica en la vida, en tu erótica.
La quinta del 63
Varios Autores: Quinta del 63, Editorial Celya, Salamanca
Hay varios motivos para acoger entre las manos esta recopilación de poemas, antología o “monstruario” filo–coetáneo, y ninguno de ellos baladí.El primero es que entre todos los recopilados hay variados autores de distintas provincias, y el provincianismo o que un provinciano de mi provincia esté en este libro hace que lo compre o multitudes así actúan, que no piensan, pero quizá sea esta razón la menos influyente a la lectura de este libro, aunque siempre hay quien lee un libro por el corazón del paisanaje, y sea baladí.La segunda razón, que todos ellos nacieron en el 63, cifra mágica donde las haya (y si no, consulten ustedes la numerología). Todos ellos están en torno a los cuarenta años o un poco más y eso quiere decir que se encuentran en su tercera juventud o en la primera madurez, entre Virgo y Libra, es decir, entre el sexo y la justicia y en la justicia del sexo, ¿alguno ajusticiado por el sexo? Pero todos muy sensuales, por cierto, y eso queda claro en los textos (¿y en los testículos?) en cuanto uno abre el libro y se encuentra en un coche camino de Galicia (¿puede haber algo más sensual que ir camino a Galicia, a un monasterio y no llegar nunca porque de inmediato te legan “poe-sainajes”?)La tercera razón es que todos ellos nacieron cuando moría Kennedy, Juan XXIII y Silvya Plath. Y todos ellos andan entre el tiro, la bondad y la muerte, temas confluyentes en todas las poesías que ustedes leerán. Y, además, se evidencian, se transparentan angélicos; pero el único ángel que les tocó fue el ángel de la nieve (tan oscuro y hasta marrón).La cuarta razón es aromática. Sepan ustedes que los libros huelen y se esnifan, por cierto. Yo soy aquel que en las librerías se oculta (o en las bibliotecas) y esnifa los libros. Hay muchos como yo, pero todos son de la quinta del 63, y queda como marca de la casa. No se puede resistir: en cuanto poseen un libro en las manos, quieren absorberle el olor todo, aspirarlo, empaparse de él, inundar los pulmones con la sustancia estupefaciente que más engancha: el olor de un libro.¿A que huele la “Quinta del 63”, es decir, este libro que comentamos? Huele a “calle y furtividad” (L. Alas), a “nudillos y excedentes (J. Barral), a “retinas y oraciones” (A. Linares), a “enigmáticos padres” (K. Murua), a “horizontales derrotas” (C. Aganzo), a “irrevocables adolescencias” (J. Alejandre), a “otros, siempre a otros y a septiembre” (J.M. Calles), a “cruento encuentro” (E. Fuentes), a “esencia de pisadas” (J. Gonper), a “tímido tango e infancia” (B. Hernanz), a “aliento de ausencia”(J. Mateos), a “amanecer fugitivo” (R. Ruíz), a “deseo, aristas y símbolos” (A. Escribano), a “idiotas en verso”(B. Reyes), a “Dios en catorce nubes” (J.A.González), a “la rosa ansiosa de Freud” (L. Liibbe), a todo eso y a más, si atreves a la mezcolanza, a la mezcal–anza, también, y lo entremezclas sin rubor y alegremente.Y todo ello junto extasía, desde luego, en mitad de una biblioteca pública, oliendo o leyendo, u oliendo leyendo, grandes esnifadores de literatura y poesía, mientras Valentina Tereshkova anuncia a algún bolchevique borracho que ha visto pasar un objeto al lado, en la ventanilla de fumadores de su nave espacial.