10/11/2007

López Cantos, Juan Carlos, Los ingenios del tedio, Editorial Devenir, Madrid 2007. Prólogo de Bernardo Cuesta
Es un día de rayos y truenos y lluvia incesante, tan permanente como la propia poesía que me envuelve, y que entre mis manos reposa.
Se trata del último libro publicado de Juan Carlos López Cantos, Los ingenios del tedio. Muchos de los poemas del libro los reconozco, platónicamente, porque el propio Juan Carlos nos los mostró tertulianamente, en los entresijos de Telira. Otros, por el contrario, los he leído en su primera aproximación, como quien descubre la seda mientras la elabora el gusano. No utilizo esta metáfora en balde, que resulta evidente que los poemas de Juan Carlos, nacen de la querencia por encontrar la aproximación lingüística al nacimiento mismo de la observación de la naturaleza pero ya convertida en abstracción y lógica.
Convengo que Juan Carlos quiere descubrir lo natural del lenguaje, lo que resulta más cotidiano, lo que nos convoca a hablar y que inopinadamente se transforma en lo común abstracto. Me da la sensación de acompañar a JC. López por una senda en la que la contradicción acecha: nos acompasamos en lo más natural y, sin embargo, resulta lo profundamente artificial, en cuanto que, al compartirlo, se resuelve en la pura abstracción.
Un ejemplo claro es ya el primer poema de la primera parte, que recibe por título la i griega, curiosamente, pero que es excesivamente latina y a pesar de que surge en el propio título, no se encarna sino en el final del poema: “la i griega/ es mi equipaje, esa letra/ salvaje entorpeciendo/ el verso a cada paso,/ como si hubiera algo más/ por decir, algo/ que quedara siempre/ flotando/ Y, mira tú, va a ser cierto” ¿Qué es lo que va a ser cierto? Que la i griega es letra realmente existente, que salvaje entorpeciéndole verso a cada paso, si queda por decir algo, o…
Entiendo que bajamos a la misma pureza del lenguaje, a la poesía, por mor de encontrar si esta poseyese el nombre exacto de la contradicción. Incluso el propio título, aunque no lo hayamos prestado excesiva atención, nos predispone a conectar con la contradicción cotidiana de la vida: vamos a jugar poéticamente con el aburrimiento para sacar de él la inteligencia, como quien obtiene, evidentemente, el nombre exacto de las cosas.
A veces la vida nos hastía de la evidente y exclusivista exactitud matemática que nos corroe, porque al detenernos excesivamente en la misma, perdemos el demostrativo tragaluz de la piel transparentada, de la animalidad – no en balde, un apartado del poemario está dedicado a “la fauna del lugar”. Desde el inicio hasta el descubrimiento de la poesía que dimana de la divagación con el aburrimiento, todo el poemario se concreta en medir la hechura de la contradicción que supone el suplicio de que desde “bien temprano lluevan nauseas” y que desde aún más temprano el mismísimo pensamiento, queriendo desatar los rayos de la racionalidad no consiga sino permanecer en la “glorieta del despido”.
Perdonen, quizá divague en exceso por un valle de contradicciones vespertinas o matutinas, pero es que el epílogo, no nos resuelve nada, faltaría más: “Pero nadie ha echado un pie/ a tierra antes de tiempo/ Late la brisa en contra,/ o a favor, la niebla sube/ el sol por algún lado…/ hacia ninguna parte/ Todo navega y no va/ O, mejor dicho, sí”. Al final sólo se nos permite, de nuevo, la contradicción, como la única constante, que no es matemática sino poética. En el transcurso de libro, se nos abre la realidad a una poética tan clara: la palabra tan suave, tan clara, tan simple, debe construir desde la contradicción el mundo “ante los golpes de mar/ que aún no,/ ante la tempestad/ que está esperando,/ desconcho la cubierta/… y si es preciso/ escribo más”. Escribir más: porque el poeta se hace y el poema se nace…


10/04/2007

Maeso, María Ángeles, Vamos, vemos, Editorial CELYA, Salamanca, 2004, II Premio de Poesía León Felipe.
Estoy cansado. Ha sido un día atroz, como para marcharse de casa, no volver jamás. No por nada; sólo por una necesidad de modificar lo sedentario de la vida nada dadivosa. Que de pequeño, al ir con el abuelo, aprendí de sus amigos sindicalistas, que la acción era lo único que deberíamos cumplir para que, al juzgarnos Dios, no tengamos que arrepentirnos ante él de no haber puesto ni un gramo propio al progreso hacia el juicio final.
Vuelvo a la acción pero sin abandonar mi casa, la comodidad del hogar, acogiendo entre mis manos este libro de María Ángeles Maeso, ya leído, olvidado, desgraciadamente, entre tanto mal libro de poesía que puebla mi librería, titulado con dos verbos de mucha acción, Vamos, vemos, y que mereció, debidamente, el premio internacional de poesía León Felipe. Leo, mientras intento calmar los músculos tensos del cuello, mientras alejo mi mente fuera de la habitación sedentaria de mi casa.
Vamos…vemos.
Dos acciones continuas. Una indicando viaje, la otra nos lastra a mirar a nuestro alrededor, a todos los objetos. Un viaje de atención a la realidad que circula ante nosotros. María Ángeles Maeso, se muestra como una Beatriz de silencio pero atrayente (quizá porque las Sirenas atraen más por lo que callan que por lo que cantan…) Un silencio compuesto por esa manera de “utilizar la negación para construir esa afirmación sabia e irreal”, que nos comunica el prólogo de Francisco Viñuela. Oíd: “nadie habla, pero el silencio es una mentira” o “nunca fuimos expulsado de un jardín que no pisamos”. Beatriz de los Ángeles Maeso, guía, conductora, supervisora y preceptora, de quien hasta su libro se acerca. Que si alguien dice Vamos, hay la necesidad de que otro vea. Si ella es Vamos, yo soy Vea.
¿Por dónde nos guía? Su vamos y nuestro vea, es una senda y su vamos y nuestro vea, llega hasta un lugar infantil, paraje para todas las niñeces. Un pueblo de interior, pleno de sol y tragaluces, de semillas y pobreza, camisas de fuerza y toda una fauna única, que giran en el cielo de estrellas, en manantiales ricos de sed.
De toda esa fauna que presente y que gira por los cielos de nuestra/su memoria, destaca esa rata auténtica, que propiciará que el mismísimo guía y su acompañante, el vamos con el vemos, asciendan cien metros hacia el interior de los propios cuerpos.
Es rotunda, desde luego, la sensación que nos provoca este ir, ver, y no sentir bajo los pies ni cielo ni tierra. Aunque, dios mediante, todo acaba donde debe, en la esperanza primaveral. Muy terrestre, nuestro vamos y su vemos, que finaliza o se reinicia en un tallo que es “denunciante y provocativo” a un tiempo.
Muy matriarcal, sólo la madre tierra nos reconoce, frente a la ciudad imperial, tan legal. “Vamos, vemos, que sucede a cada hora”.
Descanso.

9/26/2007

El último día de mi vida
Izquierdo, Marcial, El último día de mi vida, Ed. Bruño
Éste es el título que ha decidido poner a su primera novela el autor burgalés Marcial Izquierdo. Novela que edita Bruño, y que aparece en un esquema de novela breve, juvenil, y dirigida a un público adolescente, entre los doce y los… Precisamente, una lectura ingenua de la novela, nos abocaría a contestar en los puntos suspensivos, dieciocho…
Porque la novela, en un registro reductor de su lectura, nos lleva a un mundo juvenil, donde los adolescentes que pululan por la misma, semejan criaturas indolentes que esperan la campana que indica la finalización del tiempo pausado, para iniciar, acto seguido, el tiempo de la ruptura, el tiempo “online”, que es un acto seguido sobre puntos suspensivos.
La novela breve y de lectura que engancha, se inicia en el principio de un día normal, donde los adolescentes lesivos que la protagonizan, centran su vida en que llegue la noche y todo el alcohol que les inunda, les induzca a renunciar al amor y a la vida en el acto egoísta de demostrar su propia iniciativa impulsiva, su thanatos vital.
Esta lectura merece la pena, como un momento transversal en el aprendizaje que nos procura el propio desarrollo como personas.
Una lectura menos reductora, ampliaría la edad a la que va dirigida la novela, convirtiéndola en una novela para mayores con reparos metafísicos.
Efectivamente, esta segunda lectura se iniciaría de raíz en el propio título, y cabalgaría a través del mismo. Asistimos al último día de mi vida, de su vida, de nuestra vida: un último día que puede ser hoy mismo, ahora…
Perplejos comprobamos que a pesar de que va a resultar el último día, no nos invade, en ningún momento, esa serena sensación de posteridad con la que maquillan a los personajes cinematográficos.
Nunca sabemos si vivimos ya el dorso de nuestras vidas, el instante donde sólo se precisa ir manejando esas últimas palabras por las cuales nos recordarán. Hoy pienso que quizá ni siquiera sean palabras dictadas en la ultimidad del suspiro de finalización, sino convencidas palabras que surgen de aquellas personas que viven en la querencia de la posteridad, a la retaguardia del desarrollo vital.
Esta lectura nos urge encontrar respuesta a la ausencia de este sentimiento de posteridad, que configura el rostro de la sociedad actual, donde nada de lo que ocurre es vicisitud, efecto y orden.
Una tercera lectura de las posibles, nos presenta el libro entero como una sola pregunta que requiere nuestra atención, una posterior reflexión para alcanzar una respuesta. La pregunta es simplicísima, ¿qué es la amistad?
Todo el libro esta configurado por esta pregunta, como si las propias letras saltaran de un lado a otro y, ante nuestros ojos apareciera siempre. De esta manera, el autor revela la necesidad de posterioridad que nuestra época ha ocultado, y, por otra parte, nos dirige al real concepto que no parece conformar a la persona ética, la amistad. ¿Adhesión? ¿Intimidad? ¿Lealtad?
Esta lectura hace que el libro se dirija a todos, pero, especialmente, a aquellos que deben hacernos crecer como personas, a los educadores o padres, o al padre que todo niño lleva dentro (y todo adulto, por cierto)
El último día de nuestra vida no es un día online, no es un día egoísta, es un día donde la posteridad se halla como raíz del que emerge, y que se eleva sobre los pilares de la adhesión, la lealtad y, por qué no, la intimidad. No en balde la comprensión filosófica de la Vida sólo se alcanza cuando se urdimbra la misma con estos mimbres.


9/24/2007

Trópico tópico tóxico

La primera vez que leí a Henry Miller, explotó el mundo tras de mí y en cada palabra que leía mentalmente. O bien, una vez que hube entregado el alma todo siguió con insoportable levedad sexual.

3/23/2007

Material reservado
La vez nocturna que oí recitar a Muñoz Quirós todo su material reservado, cada verso como verdad caleidoscópica, como un boceto vocálico libre y pleno de color, no pude sino sobrecogerme como en un orgasmo pleno donde nunca se llegara al cigarrillo del tiempo muerto.
Su lengua y sus labios y sus manos, se descompasaban en rupturas sintácticas sincrónicas y níveas, y me transportaban, sobre alunizajes de lunática y casuística luz, con titilantes tristezas y lánguidas novias viajeras, ásperas y sentimentales, al hades ardiente de divinas comedias.
No era Muñoz Quirós de esos poetas que quisieran enmendarle la plana de planificación al Dios mismo en su misterio profundo de manera infundada y sin furia, ni de aquellos de la décima fácil y flatulenta con sentencia soez y sapiencia chocarrera, ni siquiera de los que juegan a olvidar los nombres de los versos que imitan: todos ellos dejarán como recuerdo curioso el vómito que los gusanos echarán algún día contra los tojos y los cardos, en ortigas y caminos sin salida.
Era Muñoz Quirós la noche misma, la oscuridad tajante que nos recorta como figuras que a rastras se debilitan en paisajes de murallas reconstruidas, de nieve hollada, de bolsas de sangre que espera impaciente el vampírico egoísmo de nuestras lustrosas tropelías en otros países, como Marlowe, como Borges, como Cernuda: en ciernes.
Era Muñoz Quirós la vida recobrada por medios improbables, tan ilícitos como nuestro propio nombre, que lo pronuncia Dios en diversas vertientes y nunca lo completa un poema, oscuro como el dedo que lo escribe, como la palma de la mano donde nada se ha inscrito, ni una sola línea ni un solo día.
Los versos que recitaba en la noche de autos Muñoz Quirós, cuando el resurgido yace sobre la sábana sangrienta y el policía vigila que se recorte a la perfección las líneas de la mano de la mujer liviana, material reservado a vates espídicos, bisturís de los injertos imposibles, novelas como noticias verídicas de los lastres asesinos, huella extinta de los cambios de piel, todo ambigüedad y talento, se injertaban en nuestro cuerpo para extraernos la vaguedad y la ausencia y la pus y la historia más negra, grafológicamente nevada.Los versos que recitaba en la noche de autos Muñoz Quirós, cuando sólo queda los restos del informe policial, cuando no queda sino los cuatro jinetes sin Apocalipsis, donde no había más salidas que el visor de sus ojos luciérnagas, sobre su monumental verso descarnado, prendieron en el acantilado de nuestro dedo pulgar.

12/13/2006

El viaje sentimental de Apuleyo Soto
Apuleyo Soto: Del Duratón al duero. Edita Junta de Castilla y León. Valladolid 2006.
Mi querido Apuleyo Soto, cargado de viajes en coche, apabullado en mísera ocasión por el monstruo del asfalto en forma de tijera, que inundó de cortes la pierna de Ana, decide reindicar a su vida el fenomenal viaje a pie, por las riberas del río Duratón. Pertrechado como un Dr. Livingstone, va al encuentro, y a que le encuentren, de la sencillez y camina, viaja, nada, aguas abajo de un río rico en contar lo consuetudinario. Necesitaba seguro de esta inocencia de lo natural quien sufre en frenesí del accidente.
Inicia su viaje en lo más alto del inicio del río más “suyo”, a los pies de la Fuente Mariquita; y lo finaliza recopilando su propio fluir a la sombra sojuzgante del Pino Macareno. De Fuente a Pino, del frescor reverberante del agua emergente, al refrescante crujir de los pinos, seguro que tan rumorosos como los de la gallega eterna, allí donde el Duratón se renace como Duero.
Un río nunca muere, nunca va a dar a la mar, que siempre se refluye lujurioso en la prosa sagaz, pedagógica, dadivosa, de este maestro de tropas románticas que es mi maestro más querido, que se abalanza buscando ya una planta y su nombre más auténtico, el que le da el mismísimo pueblo; ora una simple charla con quien más sabe del fluir de la vida de las gentes junto al río, flujo de anécdotas en un verdadero cuaderno de bitácora sociológico; ora nos para paciente y cicerón en el centro mismo de la leyenda castellana, en el mismo centro de la Plaza Mayor de los pueblos castellanos más añejos; aquí para y detalla planta, arbusto, cerro y meseta; aquí nos entremezcla con su propia vida última, sucesos y batallas, el baño de la bella Ana, para curarse.
Tiene la palabra de Apuleyo Soto mucho de cura, no sólo de curación sino de “cura”, de párroco, porque a más de sanar el cuerpo, sana, culito de rana, el alma su palabra abracadabrante, abrasante, sanguinolenta, cuando la recita ya ciprés inhiesto o picarón chispeante. Nunca se sabe que se sacará del bombín o de la pajarita “palestrina” este cantaor, mago de hinojos ante campiñas y serrijones, en llanos y en todos los riscos, de este Duratón, que dura tanto como la vida seria de mi maestro en todas las ceremonias, como la palabra que queda colgada en su lengua de guasa redimidora.
No creo que sea dado aburrirse en este viaje con tan grata compañía, y a salvo de salvajes gestadores de realidades ambidiestras. Se detiene el tiempo en la apalabra que acompaña el fluir de este río, como si la palabra contuviese la vitalidad y detuviese la turbiedad del agua. Este libro sí que al fin defenestra a Heráclito.
En este viaje sentimental por el Duraton (hasta el Duero) si que se nos hace posible bañarnos dos veces en las mismas palabras, aunque con distinta agua.
Transmuta así al Duratón, y más con esa recopilación final en el arenal de Peñafiel, en ese río griego que tiene nombre de fugacidad eterna, Hades, con el colorido estirado del otoño en las ondas del río quedo, muy Greco.
Recorriendo el río Duratón línea a línea, con las palabras como espuma que blande delicadas caricias, he sentido que un río nunca nos lleva: nos cruza las entrañas.
Somos el río, su emergencia.

11/17/2006

El final de todas las vigilias
Reza Novoa, Sindo, Mientras dure la penumbra, Ediciones Taller Literario Hojas sueltas. Mariara. Venezuela, 2002.
Recesionamos hoy el último libro recibido en España del poeta Sindo Reza Novoa. Este poeta, gallego de nacimiento (Celanova, 1959), venezolano de "pacimiento", se licenció en literatura en la Universidad Libertador de Maracay, y, allí ha "ligado" su poesía, entre la morriña y la vivencia pérterrita de lo vivido, como ya manifestará anteriormente en sus otros dos libros “Saudade” y “Ausencias y destierros”.No descubrimos nada si decimos que la poesía de Reza Novoa es una reconstrucción de la palabra castellana, de la palabra gallega en el tiempo de la ausencia de castilla y galicia, a la procura de una intimidad nueva, de un estar poético nuevo, bajo otras señas de identidad, bajo otro sol (que no es el recio de castillas), bajo otra lluvia (que no es el melancólico orballo gallego) En este trabajo de alcanzar el estar se entrevé que la única intimidad posible la da la poesía, en ella se constituye.Conociendo a Reza Novoa, se va a entregar a la poesía como un amante “baudeleriano”, sabiendo que le cubrirá la penumbra y su duración. Ahí descubre que la única manera de construir la intimidad es en la palabra que surge en el encuentro con la amante, nueva cada noche o desvencijada y arcaica, como la propia poesía.En este horizonte se interpreta su nuevo libro: celebración clandestina y pública de la amante impúdica, la palabra que emerge de cada encuentro, de cada desencuentro, consuelo y desconsuelo de los amantes que al afirmarse, se niegan, que al negarse, se redescubren con deseo voraz por el otro, que por conquistar el amor se dejan morir de inanición poética o resucitan perennes de su devoción devorativa “y eso me contenta”.En treinta y nueve poemas describe los ritos, los gritos, los frutos de estos encuentros amorosos: desde la necesidad de seducción sin salir del mundo propio (“sedúceme sin sobresaltos/ pero déjame horizontal/ cubierto de cielo/ mientras dure la penumbra...); o la necesidad de no saber qué con la amada o no poseer palabra porque amanece el destierro ( “una dádiva apenas de tus ojos/ ¿y qué más podía pedir/ ¿y cómo nombrarla?”); o disfrazar al amor cuando nada hay ( “ella es como es/ por eso/ en los días estériles/ suele ataviarse de espantajo”)“Mientras dure la penumbra” es un libro duro, seco, recio, pero al tiempo suave, tenue, tintado de morriña. No se lee de un tirón a pesar de su breve espacialidad o, si queréis, precisa de muchas relecturas posteriores o al tiempo. Es como un río de excesivos afluentes o, como en aquel poema sobre los dos caminos, tomamos el más inesperado, pero siempre queda la vuelta atrás para tomar el otro y quizá volver porque en el otro anterior no vimos todo lo preciso. Pero volveremos siempre que sobrevivamos “a esta noche de cabellos lacios, de palabra tacto, de hastío y certidumbre”.Reza Novoa nos regala un libro de emociones y “da al traste con todas las vigilias”.
Gotas de lluvia que al caer
Hojas de lluvia, Santos Jiménez, Editorial Celya, Salamanca, 2003
Tras el “Diario de un Albañil”, publicado en el 2001 por esta misma editorial, ha llegado a nuestras manos el último libro, hasta la fecha, de Santos Jiménez, para ahondar en la persecución de un lenguaje poético basada en la síntesis. ¿Qué queremos decir? Cuando aceptamos y si aceptamos que la realidad es dialéctica y cualquier conocimiento que realiza el hombre es dialéctico, incluyendo el poético, la síntesis supondría la asunción de lo dado y lo pensado. Lo pensado es siempre tesis, lo dado es siempre antítesis, lo real – pensado es la asumido o “la canción costumbrista del leño en la lumbre”.Asumir es una palabra grave, porque implica que aceptamos, damos el sí, tanto a lo dado como a lo pensado, trenzar el día tanto con lluvia, humo, niebla. Probablemente la palabra asumir requiere saber integrar lo positivo y lo negativo e integrarlo. Saber trenzar lo uno en lo otro, lo otro con lo uno, en una urdimbre de amor, amistad, cariño, sinceridad, honestidad, que son las palabras que con gravedad de espada de Damocles gira sobre el lector de este poemario.Quizá lo más poco juicioso que ocurre en la vida es que los demás te pidan lo dado por lo pensado y lo pensado por lo dado, destrozando de esta manera la jugosa síntesis que había ocurrido en el verso penetrado “que no, que no me pidan tus ojos / lo que debo a tus labios”.Por eso Ulises ha de salir a la búsqueda de verificar su trenzado, su integración, su asunción. Volver a asumir lo asumido en un periplo por las cercanías primero, las lejanías después, de las propias palabras, de lo concebido, que es palabra cercana a asumir, para convertir lo creado en con – sentido.De este periplo por “la rosa de invernadero” sólo emerge que “no hay luz, ni remedio, ni mordaza, ni lluvia, ni consuelo”, que sólo queda con su misterio intacto (es decir sin digerir ni interpretar o asumir) “la sardina de tus ojos”.El conocimiento final del poemario de Santos Jiménez nos deja en la perplejidad de entender que no hay nada que asumir, lo asumido no tiene misterio. Sólo posee misterio el otro. Pero, ¿es el misterio el final de la vida, la finalidad del poema? Es la pregunta que queda en la mente de quien lee, y es pregunta que otorga belleza a la totalidad del poemario.Santos Jiménez intenta dar toda esta información de conocimiento poético en un lenguaje conciso, llegando a la condensación: lo máximo en el mínimo significado posible. Fíjense, cuando lean, sino, en el primer poema, que es una tesis doctoral sobre el significado de la poesía en trece versos, aunque luego su desarrollo componga la primera parte del libro.Y resulta original que revele, en un apartado de su artesanía poética, a proponer que el poeta nunca verá el poema acabado, como la madre que muere al dar a luz “ojos sin descanso / que no verán / el perdigón”La originalidad de Santos Jiménez la encontramos en un lenguaje amplifica significados interpretativamente hablando, desde la máxima condensación posible sígnica. La poesía de Santos Jiménez es muy recomendable porque tiene un valor enorme cuando nos interesa, sobre todo, intimar en el significado de la propia poesía, desde el conocimiento meta – poético, consideramos, al que nos hace viajar como si el mismo fuera, en su carne versicular, Ulises conductor y las sirenas hechiceras.
El corecero herido
Jorge Villalmanzo, Círculo adscrito (por penumbra y reflejo), Celya, Salamanca, 2003
Aunque ya hace tiempo de su salida al público, a los demás (triste sería y serio que la poesía saliese al mercado) nunca está demás recuperar lo que se hizo a comienzo de año, como si pretendiéramos con ello, hacer balance. Pues en un país en el que se edita tanto (son tres mil quinientos libros de poesía anuales los editados), es propio distinguir al año lo bueno, de lo malo, lo que es aprovechado leer, de lo que no se puede leer ni aunque uno se encuentre suficientemente preparado para el suplicio. Así que por ello recuperamos el libro de Villalmanzo, para que quede como nota de lo bueno, anécdota de lo aprovechado que le sienta a uno la lectura de este círculo adscrito, al que todos, desde luego, deberíamos adscribirnos.Si el mundo es puramente erótico, la poesía lo es en su totalidad y no deja reserva a ninguna otra impronta que no sea lo erótico. Lo que amamos, que es siempre lo que deseamos, aquello en lo que resultamos deficitarios, y el libro de Villalmanzo nos con – muestra uno de esos deficitarios de hoy: la búsqueda de lo infinito, el sentido elevado de lo cotidiano, el esplendor dorado de lo desconocido – tal así que hasta lo conocido es mejor velarlo... “reconozco en el velo...”. ¿Nos con – muestra? Sí, con nos muestra y con ayuda de otros. Y es que este libro de poesía, resulta que se implica el autor, el lector, y un señor de barbas que hace un prólogo que es una parte más, e importante, del propio libro, un trío sensual (manage a trois), en el que se suda tinta a chorros, tanta, y como dice Bernardo Cuesta, que no sabemos lo que estamos haciendo, o quizá, te amplio Bernardo, robando nuestra alma inocente a los dioses en su propio espacio...La búsqueda de lo infinito... cuando lo cotidiano es incontenible, que desborda sea la mirada o una sonrisa, no cabe más solución que la mirada al infinito, lugar propicio para el cambio y la sonrisa, aunque bien sea cínica o real, siempre mágica, transformativa...El sentido elevado de lo cotidiano, la noche, el mundo nocturno, el mundo velado, ahí se prefigura al escritor, al poeta, que se encuentra la transformación, el núcleo apropiado, el espacio queriente, de la realidad; y a la consecución hay que lanzarse de que con todos los libros con lo que dormí sean “caballos con arena hasta el filo”.El esplendor dorado de lo desconocido o la realidad del circulo adscrito, que además reconocemos de antemano como la perdida: un juego que puede hasta estar trucado, que nunca somos capaces de evadirnos de su desarrollo; incluso si debiéramos rectificar (esta critica, por ejemplo, esta recesión, quiero decir, o al menos este comentario) no seremos capaces de engrandecer el error. Por eso sólo cabe caminar la noche y perderse en ella por si en una rendija amaneciera la luz.... “con cada nueva apertura realizada, / un nuevo nivel de conciencia elimino de mi ser”.Es delicioso, aunque acabe uno con la sensación de que la noche no iluminó su pupila, lanzarse de lleno a este manage a trois, con el autor y su prologista, Jorge, Bernardo y yo, al encuentro de la herida, a la propuesta de la sutura. Y, si no se sutura, no importa, que eso puede que sea la poesía: una de – suturación que me implica en la vida, en tu erótica.
La quinta del 63
Varios Autores: Quinta del 63, Editorial Celya, Salamanca
Hay varios motivos para acoger entre las manos esta recopilación de poemas, antología o “monstruario” filo–coetáneo, y ninguno de ellos baladí.El primero es que entre todos los recopilados hay variados autores de distintas provincias, y el provincianismo o que un provinciano de mi provincia esté en este libro hace que lo compre o multitudes así actúan, que no piensan, pero quizá sea esta razón la menos influyente a la lectura de este libro, aunque siempre hay quien lee un libro por el corazón del paisanaje, y sea baladí.La segunda razón, que todos ellos nacieron en el 63, cifra mágica donde las haya (y si no, consulten ustedes la numerología). Todos ellos están en torno a los cuarenta años o un poco más y eso quiere decir que se encuentran en su tercera juventud o en la primera madurez, entre Virgo y Libra, es decir, entre el sexo y la justicia y en la justicia del sexo, ¿alguno ajusticiado por el sexo? Pero todos muy sensuales, por cierto, y eso queda claro en los textos (¿y en los testículos?) en cuanto uno abre el libro y se encuentra en un coche camino de Galicia (¿puede haber algo más sensual que ir camino a Galicia, a un monasterio y no llegar nunca porque de inmediato te legan “poe-sainajes”?)La tercera razón es que todos ellos nacieron cuando moría Kennedy, Juan XXIII y Silvya Plath. Y todos ellos andan entre el tiro, la bondad y la muerte, temas confluyentes en todas las poesías que ustedes leerán. Y, además, se evidencian, se transparentan angélicos; pero el único ángel que les tocó fue el ángel de la nieve (tan oscuro y hasta marrón).La cuarta razón es aromática. Sepan ustedes que los libros huelen y se esnifan, por cierto. Yo soy aquel que en las librerías se oculta (o en las bibliotecas) y esnifa los libros. Hay muchos como yo, pero todos son de la quinta del 63, y queda como marca de la casa. No se puede resistir: en cuanto poseen un libro en las manos, quieren absorberle el olor todo, aspirarlo, empaparse de él, inundar los pulmones con la sustancia estupefaciente que más engancha: el olor de un libro.¿A que huele la “Quinta del 63”, es decir, este libro que comentamos? Huele a “calle y furtividad” (L. Alas), a “nudillos y excedentes (J. Barral), a “retinas y oraciones” (A. Linares), a “enigmáticos padres” (K. Murua), a “horizontales derrotas” (C. Aganzo), a “irrevocables adolescencias” (J. Alejandre), a “otros, siempre a otros y a septiembre” (J.M. Calles), a “cruento encuentro” (E. Fuentes), a “esencia de pisadas” (J. Gonper), a “tímido tango e infancia” (B. Hernanz), a “aliento de ausencia”(J. Mateos), a “amanecer fugitivo” (R. Ruíz), a “deseo, aristas y símbolos” (A. Escribano), a “idiotas en verso”(B. Reyes), a “Dios en catorce nubes” (J.A.González), a “la rosa ansiosa de Freud” (L. Liibbe), a todo eso y a más, si atreves a la mezcolanza, a la mezcal–anza, también, y lo entremezclas sin rubor y alegremente.Y todo ello junto extasía, desde luego, en mitad de una biblioteca pública, oliendo o leyendo, u oliendo leyendo, grandes esnifadores de literatura y poesía, mientras Valentina Tereshkova anuncia a algún bolchevique borracho que ha visto pasar un objeto al lado, en la ventanilla de fumadores de su nave espacial.
Relatos para el disfrute
Con la pluma a cuestas -ocho escritores burgaleses-Ed. Manuel Aparicio.Colecc. "Autores de aquí".Ed. CELYA, 2003118 Páginas.
Manuel Aparicio Burgos, como editor, reúne en este libro que presentamos a ocho escritores de relatos, cada uno con el suyo. Los escritores, a parte del propio Manuel Aparicio son: Laura Suárez, David Lorenzo, Teófilo Millán, José Ortega, Eliseo González, Oscar Esquvias, Juan José Pérez, este último aporta dos relatos al libro.En primer lugar nos encontramos ante un libro que se presenta no como una batalla para el lector, que los hay, vive el cielo, sino como un libro para el relajo, para des - apresurarse de la vida estresiva (uniexpresiva) y contundente que nos toca vivir. Un libro al fin para que usted y yo nos sentemos en el sofá y se nos abra una ventana a otro horizonte que no sea el de siempre, los vecinos de enfrente (que de tan enfrente van a ser nosotros) Apresurémonos a ponernos las zapatillas, la copa de licor sin alcohol, el cohíba, y entre las manos este libro que cesa la actividad cotidiana, y pone la realidad entre paréntesis, es decir, epojé, que decían los griegos.Y si lo abres, repentinamente, saltas del sillón, pues te encuentras en primer y tercer lugar con dos relatos espléndidos y nada de realizados para el relajo, sino perfectamente estructurados y construidos con técnica espléndida; y le miras los nombres y son dos perfectos desconocidos literarios, pero si observáis las fechas de nacimiento, os lleváis la sorpresa supina, dos neonatos! Y que además realizan el bachillerato o lo acaban: Laura Suárez y David Lorenzo.
Y digo: valiente atrevimiento el del editor, presentarnos estos dos relatos camuflados entre los nombres de reconocibles escritores reconocidos y sus relatos, bien construidos y dignamente estructurados. Golpea el doble la sorpresa.Y entonces, queridos escritores, Morfeo no nos tiende una red suave sino que me adentráis en el laberinto sin Ariadna como guía a posteriori, como deseabais, y es preciso comunicar que el viajero, caminante o peregrino no debe acoger entre sus manos este libro para el descanso o sólo para el descanso y no sólo ellos, que todos nosotros y vosotros habéis de leerlo, pues guarda un secreto enorme: literatura en estado límpido, intacto, somero.Que si así es os encontráis ante un libro que gratifica, que no evade y sí convida a la vida: desde los viajes por la fantasía, Suárez, a las “biológicas”, esas nuevas telepáticas que nos brinda en su gran cuento Esquivias.
Es el libro un “semáforo”, Aparicio, en verde y una esperanzadora mirada de reojo al buzón de correos todos los días (un gran cuento de Lorenzo). O esa pequeña joya que presenta Eliseo, elipsis tras elipsis del dormir.Gratos momentos su lectura antes de dormir y de vivir, si lo leéis, que así os lo recomiendo.
O cabaleiro do amor

Escobar Rodríguez, Oliver, A última bengala, Accésit do XXIII Premio Esquío de poesía. Sociedad de Cultura Valle –Inclán. Ferrol, 2004.
Recesionamos hoxe o libro do xoven poeta de Xove pro non por elo menos sabio no arte da composición poética.
Iste libro mereceu dún destacado xurado o accésit no premio Esquio de poesía, na súa vigésimo terceira convocatoria.
O poeta, Oliver Escobar, tén unha traxectoria poética que é xa de por se sobresaente, e non procura por primeira vez cún de seus libros un premio. Podedes atopar na lapela do libro a novas da súa vida e obra.
Eu trallo –lo eiqui porque gustoume a sua maneira de entender a poesía. E dicir máis, traigollo eqiquí porque o libro que recesione tén un segredo espido pro fondo, que podes palpal-llo coa mao pro non collerlo. Fai – se arduo entender que alguen poda desexar ser cabaleiro do amor e rular por o mondo desfacendo todo –lo que fose unha dificultade para o mesmo.
Marica Campo, da nos o indicio no prólogo, cando conta unha historia do neno que fora o poeta (¿non é o poeta sempre neno?) e siguera a amada que fora noiba doutro. Pro el estaba alí e fora preciso que estivera pra protexer o amor, nin siquera a amada.
Aí un poema que remata ser o principal, que é o poema “máis eu menos”. Nel o poeta revela-nos que “amo máis que vivo”. Se entendemos ben o que din, estaremos na porta do soño: a vida é a tutelaxe do amor, berrando sempre pra obxetualizar a home que sofre e que chegue – lle a nosa axuda, que tamén componese da nosa escritura, por soposto. E mentras o mondo amosase cabrón, dando a volta a todas – las cousas, nos persistimos no modo de ser un home “amo máis que vivo”.
O libro desvela esisi o seú más espido corpo, o de amor, que enche cada ún dos versos que saen da mao do noso xoven autor. Pro non búsquedes neles un lirismo lene e doado, sempre probabel e ben desembravecido, domeado. Non.
Tén o verso o furor do eu que “entende máis quie aluma” e que “soña máis que morre”. Cando o eu sae fora de un mesmo non pode voltar ao eu sen máis, tén que vir coma se fora o’ utro, e máis cando o’utro non é alguen físico senon o mesmo amor.
Ista é a traxedia do home: aprender o amor e saber do door, esquecer o amor e saber da procura do amor. Tén a vida iste xeito contradictorio: que cando máis entendo o amor eu menos soi.
E costa a vida enteira, ben o dín iste xoven poeta, que non remata o poemario coa celebración da nostalxia senon coa celebración da dita contradicción.
E para elo chimpa a última bengala, aquela que escribe nos ceos: amar é vivir a vida enteira aprendindo a amar i eu “son o reloxo que se para na hora do teu desexo”.

11/16/2006

Las ballenas no comen napolitanas
Castro, Luisa, Señales con una sola bandera, Poesía reunida (1984 – 1997), Hiperion, Madrid, 2004
La editorial Hiperión nos regala con la reunión de toda la poesía que hasta la fecha ha publicado Luisa Castro, desde su Libro Póstumo (1984) a De mi haré una estatua ecuestre (1997).
Por cierto, tras la relectura se me ocurrió preguntarme ¿cuánto tiene de postumidad la ecuestridad o cuanto de ecuestridad la postumidad?
Desde que se diera Luisa a la ecuestridad parece haberse dado a la postumidad poética; a la postumidad en la escritura nunca, que, a mi gusto, ha donado Luisa al panorama literario español, novelas que la consagrarán (desgraciadamente a su muerte, que en nuestro país sólo la muerte dignifica) como la “nueva Castro” del siglo XXI.
Muchos de los libros poéticos que aquí se reúnen se hallaban fuera de catalogación o perdidos para el mundanal lector ha tiempo (se iban a convertir en póstumos o ya lo eran), salvo, y lo corroboró porque lo pedí a la editorial, Los versos del eunuco (1986, I premio Hiperión de poesía).
A partir de hoy, se rescata para la pupila que pestañea una de las líricas más diáfanamente surrealistas, más surrealistamente diáfanas que diera Ca – leach (Galicia, literalmente, en una de las hijas de la diosa madre más literariamente deliciosas)
Se ama la poesía de Luisa Castro y a Luisa Castro (o se ama a ambas, inseparables) porque se delata a sí misma como la forma real de acceso a la sur – realidad, a lo que yace debajo de la realidad vivida. No creáis que su poesía y la escritura es esa forma de huida o que conforma una especie de diario de una huida (a la manera de alguna poesía norteamericana de los setenta, no)
Diario sí que es, porque todos los libros de Luisa parecen ser lugar nocturno de reflexión y confidencias y, además, es confidencia que habla de “amaneceres apócrifos”, donde “despierta el hombre habitándose”; o los “dinosaurios que en el ombligo comen frutas”; o “de unos dedos que incendian el útero” y “así nazco”, por supuesto, “dividiendo el mundo por dos”.
Es confidencia sincera, por cierto, y muy cercana a la polución nocturna, que sin querer nosotros se tiene, porque lo ha concretado inconscientemente nuestro deseo.
Es confidencia seria, rayana en lo filosófico en todas las ocasiones (por ejemplo en los seis poemas sobre leones, que forman parte del libro Ballenas)
Pero sobre todo reside la belleza de su poética en la declaración de principios que cierra el poema Filosofía de Maria, “Quede en la corteza lo que el corazón no ama / no pase hacia dentro lo que el rompe el corazón”. Una belleza poética que nos traspasa pidiendo – nos que reconstruyamos el corazón de este nuestro mundo a la manera material y con la harina (¿de este y del otro costal y de todos los costales?, nos da por preguntar)
Los versos que hemos ido eligiendo por ejemplificación, nos pone a las claras la originalidad de Luisa: un verso que habla de temas claros y diáfanos, tan blancos como la propia harina con la que pide nos re – construya - mos el corazón: la madurez literaria, el padre como figura cercana / lejana, la madurez personal como un viaje en el vientre de la ballena, la conveniencia de la batalla contra la realidad ficticia construida sobre la Historia, la precisión de construirse a sí mismo sobre fundamentos de una filosofía popular familiar.
Los versos de tema claro viven y se originan por completo en la frontera de la sur – realidad, que los dota de una profundidad filosófica y con la función prioritaria de golpear a la conciencia dormida y cuasi burguesa – socializada del lector ( que ha de avivar el seso y el sexo y el saxo por un sexto senti – miento dalailámico)
Resulta agradable la lectura de estos versos que nos fronterizan a la sur – realidad de lo diáfano, con la diafanidad de lo familiar filosófico, y, a su vez, también agradable la recuperación editorial de unos libros de poemas que se constituyeron en el alimento de una generación que fue abocada a la nieve, a desaparecer, de los que pensamos todos nosotros que habrían de pertenecer a una persona con una edad incierta, y no nos equivocamos, porque sólo las hadas gozan de una edad incierta.Es decir, poesía del Hada que es Luisa Castro, en cada verso da un beso a una ballena que nunca probó una napolitana (aunque tragase a su vientre a todos los chicos de la ciudad)
La humanidad en el poema
Leopoldo de Luis, Obra poética (1946 – 2003), II Tomos, Editorial Visor, Madrid, 2003.
A estas alturas de nuestra vida sabemos quién es este poeta cordobés, nacido en 1917, Premio Nacional de Literatura en España en el 2003, además de premio “Pedro Salinas” del Ateneo de México en 1952, amén de otros muchos premios en reconocimiento de su hacer y su haber poético, pero la humanidad que acredita en sus poemas.
A estas alturas de la vida y la historia, no pretendemos bajo ningún pretexto tratar de descubrir a quien ya fuera definido como la “voz poética más grave de la postguerra”, que es como decir, Leopoldo de Luis.
A estas alturas de la vida y la historia sí que deseamos fervientemente llamar la atención al poeta que todos llevamos dentro para detenernos, deshacernos del estrés de la vida y recomendar la lectura en la edición antológica de toda la poesía que hasta ahora ha publicado Leopoldo de Luis y que ha realizado la editorial Visor.
“Crecen las dulces ramas sombreando la frente,
abriendo un corazón de pájaros y anhelos.”
A estas alturas de la vida y nuestra historia creemos imposible tratar de descubrir esta voz poética, aunque sí que igual podemos hacer que suene en el duro oído juvenil, que nada hay más a gusto para un poeta si no que el niño que todos llevamos dentro descubra el valor de hipnosis del lenguaje y, de paso, si se le hace caer en la ocasión de una meditación transcendente y transcendental, al paso pero no al paso, no procesionalmente, profesionalmente, sino que le hacemos caer en la cuenta de esa necesidad en este instante, tanto mejor.
“Han pasado años.
Angustia comprenderlo. Tanta
vida...”
Pero así como sin querer, como el que habita una ciudad o ve cerrarse una herida o como aquel que verá morir la primavera o como aquel que no sólo nadie le espera en algún puerto sino que no hay puerto donde se le pueda esperar...
“Alguien está esperando en esta tierra
ahora mismo, debajo de la nieve”
A estas alturas de la vida y nuestra historia también se hace innecesario decir que quizá, o sin quizá, nos encontramos en Leopoldo de Luis ante el más caótico y envolvente, ante quien se zafa pero se conmueve, discípulo (¿o es palabra muy fuerte para estos tiempos sin maestros?) de Vicente Aleixandre. Que como él se conmueve ante la espada y se estremece ante el labio, pero pide el horizonte y el juego limpio, y exige con los cinco sentidos la luz a nuestro lado para romper los reformatorios de adultos...
“La vida es una extraña mujer, un hombre extraño
que empecinadamente se desnudan
y van a un mar que espera silencioso
y oscuro, sin oleaje y sin espuma”
A estas alturas de su vida, cuando se comtempla la obra acabada y la imposibilidad de escribir un verso más que añada una pincelada al discurso poético, algo más de lo que ya se ha añadido tras sesenta y siete años de toma y daca, de vaivén, de versos que encogen, sobrecogen, recogen, la vida y el ser, la palabra en definitiva, palabra de ser y de amar, de recogimiento en la amada real en el cuaderno de San Bernardo, qué decir de Leopoldo de Luis.
“Escribo entre los muros de una vieja
fortaleza. Me tienen recluido.
Me acerco a la frontera de una reja
que forman pena, soledad y olvido”
A estas alturas de su vida, cuando ha recogido premios y menciones, evocaciones y discursos, recesiones en la totalidad de revistas y periódicos, y que el dirigiera revistas de poesía y ayudara y diera los primeros pasos con infinidad de poetas ya consagrados, ¿qué señalar de Leopoldo de Luis que añada algo más a las palabras de su antologador Ricardo Senabre?
“... El largo y fecundo itinerario de Leopoldo de Luis: una trayectoria poética ejemplar, testimonio de una vida en la que el sufrimiento, la amargura, el amor, la solidaridad, la ternura y la rebeldía ante la injusticia del mundo han ido cristalizando en una obra artística admirable...”
Dejadme que la advierta: después de una vida ejemplar dedicada a la poesía, a la labor poética en la escritura y su antologación, en la realización de libros poéticos y la dirección de revistas donde se recopilaban todos los poemas de épocas más fecundas (en calidad poemática) de la historia poética, queda hablar de la humanidad, de la persona, del Luis que se sienta a tu frente y dialoga de la poesía, de ese usted que no se descabalga del usted a quien dirige su palabra cabal.
Y dialoga con cariño y buen recuerdo de todos y cada uno de los poetas conocidos, y siempre destacando la positividad y el buen hace poético de los mentados, sea Miguel Hernández, sea León Felipe, sea Vicente Aleixandre o sea el último poeta por el conocido. Siempre destaca lo positivo.
“Llegó la soledad, y no me he muerto.
La soledad me abre su desierto
Y me quedo a vivir entre sus brazos”
Y esto habría de bastar para que tú, joven despreocupado que no sabes qué hacer esta tarde y estas desencantado de políticos sarnosos y guerreros, vuelvas tu vista a estos dos volúmenes de poesía con mayúsculas, de humanidad enorme y magisterial.
Leopoldo de Luis solidaridad, ternura, rebeldía, amargura, amor, amistad, y un verso. No lo pierdan ustedes de vista.
Las andanzas de un joven arcaico
De La Sierra, Carlos, Olegario De Nicodemus (Venturas y desventuras de un Cristiano viejo) Editorial DOSSOLES. Burgos, 2004
Recién publicado, aparece en las librerías de la provincia burgalesa el último libro de Carlos de la Sierra y la penúltima aventura de ese ser metedor de patas, enamoradizo pero asustadizo, al que todos los perros le donan sus pulgas, tan lleno de cuitas como un verano burgalés lleno de abandonos y repeticiones, Olegario de Nicodemus, y que publica la editorial burgalesa Dossoles. El libro además va precedido de un breve prólogo de José Luís Charcán, que se hace terriblemente iluminador de lo que acontece en la novela.
Pero vayamos por partes.
Olegario de Nicodemus no es personaje nuevo en la bibliografía de Carlos de la Sierra. Por lo menos en “Olegario el del centenario”, que recogía y se regocijaba refocilándose en las fastos del noventa y dos, y que Carlos me rectifique, pero le creo el personaje nostálgico y armonioso, lírico y sentimental, de “Los santos días del pasado”, aunque en esta novela acudiese a nos con la piel de otro. O quizá Olegario siempre tiene la piel de otro, y he ahí su seducción y su buen delineamento como personaje.
Esta última novela compromete a Olegario en un viaje al pasado burgalés, desde 1477 hasta su descanso real en ese edén de tropicalidad donde encuentra el descanso de amoríos imposibles.
En realidad, podemos definir la última novela de Carlos de la Sierra como una “road – novel”. En las “roadmovies”, alguien realiza un viaje de iniciación o de cumplimiento de promesas o de descenso a los infiernos. De la misma manera, en esta roadnovel, Carlos de la Sierra nos lleva sumariamente por todo tipo de novelas de aventuras, de diario, de descubrimiento final imprevisto, de caballerías, de las malas artes del lumpemproletariat, picaresca, y más, y más.
He aquí su característica más propia: es una novela de novelas. Cada capítulo (trancos, a la manera de CJC) es una historia en sí misma, que se puede leer por sí misma y al que sólo echamos en falta que no acabe, que no tenga fin, que cambie de capítulo y se reinicie una nueva historia en otro lugar (¿y en otro tiempo?) Porque el amigo Olegario cuenta su epopeya de pulgas mal rascadas y es lo que se debe seguir, el cauce principal de la historia.
Uno de los capítulos esenciales de la novela es el paso del personaje central por Aranda. Aquí enamora de mujer y la desazón le hace evidenciarse como cabalero de amores que marcha a la guerra por olvidarse de ella.
Burgos, Aranda, Granada, Sevilla, Palos, América, Isabel la Católica, Colón, mequetrefes que quieren ser alcaldes, un pueblo que sólo posee la picaresca, la envidia también, y un personaje maravilloso, etéreo, angelical, Marianilla (¡ay!) van surgiendo en la lectura, ante nuestros emocionados pensamientos, barruntando el final, imbricándonos de la historia en la Historia, pero con un deje sarcástico y burlón, que me gusta. Pero el final, cuando sucede, no es final, que es comienzo, que es imprevisto.
Carlos de la Sierra presenta una novela donde ha sabido compaginar la historia de un malhadado truhán que nos es truhán y sí perro de pulgas con la Historia de España que se celebra en este momento. Y aunque el autor le ha dado un tratamiento especial, original, propio, toda esta Historia está documentada de manera precisa y bien rumiada para presentarla al lector.
La historia de Olegario mueve a la risa compasiva y a la envidia al conocer el final de sus peripecias, a la lágrima solidaria por el azaroso abandono de su angelical amor y a la tristeza por el desconocimiento de la totalidad de su historia, impublicada por culpa de un impresor más “vivo” de Rojas.Nos presenta Carlos de la Sierra a través del a editorial Dossoles, una novela bien escrita, bien documentada, con un tratamiento original y que mueve a un sinfín de caóticos sentimientos contradictorios, donde prima la imaginación en un tiempo de papagayos realistas, y es de sumo agradecer y perfectamente recomendable su lectura.
El miedo es luminoso
Al Berto, Canto del amigo muerto, Prólogo, traducción y versión poética Jesús Losada. CELYA, 2004
Alberto Raposo, fue poeta portugués que escribió exiliado en Bruselas y en Bruselas acabó sus días de escritura sin ser ya exiliado, que triunfó la revolución de los claveles. Tras esta revolución política, Alberto Raposo, fue no sólo poeta, pintor exiliado de la pintura, que se convirtió en editor.
La obra poética de Al berto está recogida en una obra única pero múltiple, titulada O Medo, publicada en la editorial portuguesa Assino y Alvim. Única, porque se ha realizado como una antología total de la obra del poeta; múltiple, porque cada parte de esa antología se reivindica a sí misma como una individualidad interpretable y única.
En España ve la luz por vez primera la obra de este poeta lusitano de la desolación luminosa, de la mano de Jesús Losada como más que traductor y la editorial CELYA como impulsora del proyecto editorial.
Jesús Losada, poeta zamorano, ha escogido dos de los libros que forman la antología O medo y los ha puesto su marca personal en la traducción, que goza de una fuerza expresionista y lírica, que nos pone delante del hecho experimentalmente violento que da origen al poema.
Además, nos proporciona en la introducción al poeta una información de capital importancia para entender la serpenteante poética que nos embargará en la lectura de ambos poemas.
La poesía de Al berto es una rotunda ego – latría, todo le sucede como si fuera el objeto experimental de Dios, como si en él se produjeran los encuentros y desencuentros de la existencialidad en su estado más puro y no pude hacer otra cosa que contarlo metafóricamente. Que verso más profundo y lindo para expresarlo que ese que abre el poemario “en mis huesos la tierra inicio su trabajo”; que aunque el lector pueda conectar de súbito con la muerte y el enterrado, sin embargo está conectado a la vida, porque es en la vida sin duda donde se arriesga la razón, donde la arriesga el propio Al berto.
Ese ego es romántico y lírico hasta la exasperación de sí mismo, como si buscase la belleza de la vida en su propia ausencia, en el exilio siempre “Mi cuerpo es ahora humus y ausencia”, contradicción en suma, lugar para la vida pero la vida está en los otros que no alcanzo. Quizá la búsqueda de la belleza, el romanticismo y el lirismo de cada imagen y palabra tenga su origen en que es camino de salida al otro necesario “Cuando las manos encuentren las manos/ y los ojos de uno se vuelvan/ ciegos en lo hondo de los ojos del otro/ - empezaremos de nuevo”.
La salida del ego al otro, que es transformación en el otro – eso precisa de un lenguaje de imágenes rayano en la “iluminimosidad dadaísta”, imágenes que recarguen a la palabra de significaciones desaprensivas, lumpénicas, objetual hasta la organidacidad “se rompía el silencio/ con la musicalidad del agua chocando/ contra el hierro de las escaleras./ Pero ningún sonido lo perturbaba/ ninguna luz crepuscular,/ ningún día le merecía respeto”.
Pero si hay algo rotundo en la poesía de Al berto es su afán de proponer a la poética pensamiento, y, así, cada poema se transforma en una pregunta filo – poética, en el doble significado que puede alcanzar esta expresión. Una poesía meta – filo – física – poética.
No olvida el autor que la física, el cuerpo, es importante, y que es él el que transporta el pensamiento. Por ello, todo pensamiento en físico y posteriormente meta y poético: filo – físico.
Más que seguir alabando la poética de este poeta portugués sea preciso leerlo en la fulgurante y física traducción de Losada y dar las gracias a Celya por poner en conocimiento del público ibérico de este lado de acá lo físico que es la poética contracultural del otro lado de allá.

11/13/2006


Carlos frühbeck y el pan poético de a diario
Frühbeck de Burgos, C.; Y pondremos el pan sobre la mesa, Edita, Ateneo Jovellanos de Gijón, Gijón 2004, XIV PREMIO INTERNACIONAL DE POESIA ATENEO JOVELLANOS
El pasado cuatro de marzo, en un acto poético perfectamente guiado, se presentó en el salón del Círculo de la Unión, el último libro de Carlos Frühbeck de Burgos, que lleva por título “Y pondremos el pan sobre la mesa”.Llega a nuestras manos tras su presentación y nos prestamos a leerlo con la mirada de un “poeta de libertades”, con la puerta abierta.
Abramos el libro. Encontramos la belleza poética que encierra en el protagonismo que se concede a la memoria, tanto a la memoria colectiva como a la memoria individual, a la que se ingresa desde la memoria colectiva, que es lectura convencida cuando unificamos los dos largos fragmentos que componen el libro: un mundo compartido de recuerdos ignorados.Los recuerdos ignorados son las sombras de la infancia que se quieren retornar al mundo compartido, que es el de la idealidad poética, idealidad que se presenta en poetas conocidos como Hierro, C. Rodríguez o Pessoa, guiada esa idealidad por la humanidad que surge del “you won’t kill”, no mataréis, en la boca de Martin L. King.
La memoria poética es el mundo compartido, que es el mar, la memoria sin remedio del hombre individual, que es el río que va a dar a la mar y sólo entonces “el pan amargo del poeta/ que alimenta los sueños y las penas”, convencerá de que “la nieve está muy bella por las cumbres” porque “rendidos los años es seguro/ que sólo quedarán para el futuro/ tus versos, tus poemas, tus palabras”.
Que éste es el pan que se pone sobre la mesa.Una memoria serena, que bucea, al principio del libro, en la memoria colectiva, que se presenta como memoria poética y, seguidamente, en la memoria individual, para que descubra si también es poética.
Esta memoria serena busca una regularidad en sí misma y la encuentra en lo poético, como muestra en la parte final del libro, titulada “Final”: “que sólo quedarán para el futuro/ tus versos, tus poemas, tus palabras”. Esta regularidad, que es la propia poética, provee al hombre de libertad y le hace gozar la independencia. Estas cuatro características, según Senabre, autor del prólogo, definen al endecasílabo blanco, estrofa en la que Frühbeck decidió componer el libro, ved ahí la originalidad del mismo.Resulta interesante este juego de memorias, de lo colectivo en lo individual, de lo individual en lo colectivo, de unificación de los tiempos vitales y verbales al tiempo, permitiendo finalmente que todo repose sobre el futuro de los propios versos, poemas, palabras, sobre la independencia y libertad, “como cambian las cosas. Con los años/ sentí que me gustaban más las sombras”.Es agradable la lectura de “Y pondremos el pan sobre la mesa”, porque supone y nos hace comprender, contrariamente a lo que muestra la experiencia, que la memoria unificada se asienta sobre lo porvenir, el futuro, que la memoria y lo porvenir se encuentran unidos por lo poético, con la palabra, en el poeta.
E a casa vai, indo
VARCÁRCEL L. XULIO, CASA ULTIMA, ESPIRAL MAYOR POESIA, A CORUÑA 2003
Deseo proponeros la lectura de la obra de Xulio, Casa última, una obra que es como los higos, según proponía en el poema del mismo título D.H. Lawrence, que cuando los tenías en la mano parecían machos, pero cuando los comías, decidías con los romanos, son hembras. Algo semejante nos ha de pasar a nosotros cuando intentemos leer la obra de Xulio.
En la primera lectura que realicemos, y si sólo nos quedamos con la misma, nos parecerá que se trata de un libro de poemas en el que se intenta explotar al lector sobre la base de la nostalgia para con un mundo que está en descomposición, o en desaparición total. Esto creo que es lo que le ha sucedido a mucho crítico, que no ha ido más allá de este encuentro tan revaival y visible.
Sin embargo, cuando uno lo relee con la afectividad debida y consentida por el texto, lo que parecía nostalgia se transforma en un sentimiento mucho más profundo, inclasificable y novedoso.
En realidad creemos que se trata de un viaje, donde se ve trasladado el viajante poeta y el acompañante lector, al pasado y al futuro y al presente a un tiempo. No es propiamente hablando un viaje en el tiempo. Es un viaje en el espacio. No es un viaje nostálgico, es un viaje de esperanza.
Para realizar este viaje nada mejor que el mejor navío que pudiéramos gobernar o que nos gobernase un gran patrón, que es el poeta, que es Xulio, toda su humanidad como guía, todo el amor que puede dar en un verso lo contiene: la casa familiar.
La casa como navío, nao capitana, y la casa como verso que todo el amor contiene, que el tiempo detiene en cada uno de sus rincones recónditos. Y va de la mano escriba de un capitán con maestría de poeta, o viceversa, Xulio L.Valcárcel.
Nos enseña este capitán que la memoria no es acto de nostalgia y que la poesía no es acto de memoria recuperadora de lo vivido o lo sentido o lo barruntado quizá; más bien, la memoria si algo es, resulta memoria del ya, del ahora, del vivido instante que nos con – grega y nos establece como con – versadores, con – verso – dores, que se dia – loga mejor.
Si el logos es algo es comprensibilidad de lo metafísico presente, y así, y sólo así memoria afectiva que nos implica y nos urdimbre, aunque esta palabra suene mal, sienta bien. Pues afectividad y urdimbre, son carne y sangre, es liturgia de cada día en cada noche en cada verso.
Y este capitán (mirad que me he aguantado: “oh, capitán, mi capitán”) nos lleva de “Quiroga a Sydney / de Guntín a Osaka / de Gondufle a Cuba o planeta / cabe nunhas horas”.
Afectividad, comprensibilidad, urdimbre y presente continuo: puesto que la memoria sólo puede serlo siempre y únicamente del presente. Como los muertos, ese poema estremecedor: que los muertos son “desvalidos, inocentes, infinitamente fatigados”, pero nunca son pasado: ni memoria ni nostalgia.
Son esperanza: que la muerte “ennoblece a quien elige”.
La originalidad del poeta, de Xulio, se yergue fenomenal sobre la base de que quiere conseguir construir la esperanza con fundamento en re, en las cosas vividas, en lo que otros poetas sólo escarban la nostalgia: triste melancolía que alimenta “historias de nacionalistas” (como explica J. Juaristi en su afamado libro “El bucle melancólico”) y Xulio hace emerger la propia vida, Vida, VIDA, sea en Naemor, Palestina o Kosobo; o en los ojos de la abuela, tanto como de los muertos o de esas últimas cosas que una madre retira.
Hay tenéis la intencionalidad en su esplendor: construir la esperanza desde esa memoria metafísica que nos apresa siempre, pero en este caso, obligándola a hablarnos no con peliagudas palabras religiosas, a la manera tomista, sino con el fiel mirar de la vaca labrando la tierra, con la mirada larga de distancias del paisano que se para y nos dice: “vera usted, yo... ”; y no pasa el tiempo.Lo agradable de la poesía de Xulio: no pasa el tiempo, da gusto oírla discurrir entre los muros de la casa cubierta de verdín, vacía y sucia, habitada de fantasmas y sombras, telarañas y un grito de un ratón cazado en el tejado. Pero contra todo pronóstico y contra todo informe, la casa va indo en el proceloso mar de la memoria presente y esperanzada, “¿quén da máis?”

11/10/2006

La segunda mujer
Castro Legazpi, Luisa, La segunda mujer, Seix-Barral, Barcelona, 2006.
La segunda mujer es el último título publicado por esa hormiguita de la literatura que es nuestra querida hada Luisa Castro. Una novela que desde el mismo título engancha al proveído lector aviado, porque, como se ha establecido en otras criticas, es una novela sobre segundas nupcias y su significación patibularia, escrita desde la óptica prometiente de una mujer.
Hemos leído lectivamente muchas novelas tortuosas, jocosas, ambidiestras, sobre el tema de la segunda mujer, escritas desde la poltrona masculina, “musculina” y de machito; incluso algunas descritas en la misma poltrona pero escritas por mujeres.
Será quizá la primera vez que el tema de la segunda mujer se describa y novele desde una óptica femenina (que no feminista “castrante”, y obviamos aquí al castor y a su segundo nombre, Simone)
Descoloca un tanto abrir el libro y encontrar una cita del Génesis que compete a la primera vez que el hombre busca mujer, no a la segunda. En la segunda tanda de citas, la desgracia coetzetiana, porque la noche primera del día en que el la invita a quedarse a dormir, comienza el periplo de esta mujer predestinada a ser Ariadna para ese Teseo, que es, a la vez, el Minotauro. La segunda cita, de James, nos habla de la inocencia de una persona joven y feliz; y la tercera, cínica y divertida, jocosa e irreverente, fusilando el pasado, “hágase en mí según tu voluntad”, pero al amaneramiento de Marsé, el cuerpo dejándose ir a la catalana.
La novela es simple: Julia, jovencísima escritora gallega triunfante en Madrid, descubre en Sicilia a un intelectual catalán de la mala conciencia, pero aún ella no lo sabe. Mientras que para él Julia es un redescubrimiento de los sentidos que le impele pasionalmente a desbrozar con ella descendencia; Julia lo asume con el tío habúnculus que ha de mostrarle el imperio de la pasión en el rojo de los sentidos. Van acercándose pasión y sentido, se cercan, se unen como escamosos peces, se aman con valentía y trasgresión intelectual, se condensan en una sola gota de amor, en un matrimonio.
Pero ella es la segunda mujer.
El término, la segunda mujer, se mostraba como una expresión tabú, que se convertía de inmediato en expresión con segunda intención. Un circunloquio en realidad, que se refería a la otra, la mantenida, la amante, la que no debía hacer ninguna labor, sólo presta para el sexo a toda hora…
En gallego, sin embargo, se refiere a esta segunda mujer como a minha outra muller, dándole un carácter de posesión que no tiene la primera, a nosa muller. En gallego, la primera mujer es algo que es público, de todos; la segunda, un ser para uso y disfrute del ego.
Esto lo encontramos en esta novela: la primera mujer sólo aparece en público y siempre como alguien a quién Gaspar le ha dado más de lo que debía. Ella, Julia, debía quedarse quizá en la lejanía gallega, pero quiere ponerla Gaspar en el lugar de a nosa siendo a minha, y comienza a romperse todo…
Sin embargo, todo ello, seguimos sin entender porqué alguien joven se enamora y se casa con alguien decadente…a no ser…
De repente comparece en la trama un personaje que campa a sus anchas, sin protocolo, sin pedir permiso ni convenir en horas. Es el primer hijo de Gaspar, que comparece en la acción como el dragón devastador y contrariado que exige la vida de la princesa con su boca de fresa.
O si hemos convenido en dar a Gaspar el arquetipo de un viejo y caduco Minotaruro, el hijo de Gaspar, Frederic, es la sombra del Minotauro, el actor central al que Julia ha de enfrentarse.
Primero lo teme, luego, se alegra porque se aleja, pero lo vuelve a temer y mucho, cuando retorna espoleado por su destronamiento, y, al que, finalmente, vence alejándose del padre, de Teseo, del viejo Minotauro. El último lance entre ellos es una extemporánea llamarada del dragón, inútil, basta y lánguida, que consigue la sonrisa cínica y calmada de Julia, capaz de sentirse vencedora porque es ya ella misma.
La novela es entonces una aventura de conquista de la propia identidad por parte de la protagonista, inmadura psicológicamente, que sabe que sólo la puede conseguir a través de lo otro extraño y distinto y, fundamentalmente, de la sombra de esto otro. La identidad desde la sombra.
La conquista no ha de ser a través del enfrentamiento directo y heroico, que la encamina a la derrota en la que se lamerá las heridas ante la risa de los extraños. La conquista debe producirse mientras uno reconoce los vestidos del enemigo, de lo extraño, jugando a vestirse sus ropajes, a dominarlo con sus propios nombres, en su terreno, sin heroicidad pero sin abandono de la lucha, sabiendo templar y enfrentar, atacar y replegarse.
Será en este instante cuando nazca la propia identidad a la protagonista y al propio lector. Es en este instante cuando se hace perfecta la comprensión de las razones que impelen a Julia a buscar ese hombre de cincuenta y siete años. En realidad, no le busca a él, busca su sombra, su identidad cierta, su representatividad. Todo un acierto esta novela, premio, además, biblioteca breve.

11/09/2006

El amor es nuestro señor
Castro Legazpi, Luisa, Amor mi señor, Tusquets Editores, Barcelona, 2005.
A la espera del ultimísimo trabajo de Luisa Castro, por el que ha recibido el premio de novela breve, y tras conocer en lectura el último premio que ha recibido, el “Torrente Ballester” a un conjunto de relatos, ha amanecido en el escaparate de las librerías su trabajo poemático, “Amor mi señor”. Luisa es infatigable en el trabajo y en la escritura, velando el folio en blanco para expresar en él su propia piel.
Tiene importancia este poemario porque es el primero que recibimos tras unos años de silencio poético, exactamente desde 1997, año de De mí haré una estatua ecuestre. El último poema de ése libro, Filosofía de María, donde se hablaba de soldados y enemigos, de avaricias e himnos de victoria, de cobardes y vergüenza de mujeres. Curiosamente el nuevo libro se abre con un poema donde se habla de una soldado mujer que deserta para hacer danzar frente a ella a su alma (como se cita en la estrofa de entrada al libro y que es de Jorge de Sena) ¿Por qué el amor es mi señor? Se intuye que Luisa se lanza a lo largo de la poesía amorosa galaico portuguesa, donde el amor y el amado eran premio de nostalgia, donde todo era puro platonismo, idealización.
La poesía parece ser que proviene de un diálogo con las fuerzas oscuras de la vida. Aquellos capacitados para efectuar este diálogo, eran gentes que se movían de ciudad en ciudad, por los caminos, trovando sobre el resultado de aquel diálogo. Curiosamente, siempre el resultado que se lograba avivaba el amor. Aquellos trovadores versificaban el amor en sus lamentos y rasgueos, ante la imagen de la muerte tocando el violín sobre las cabezas del amado, como pintara Brieghel. En ese mismo instante, los poetas quisieron componer el perfecto poema que recogiera en cada verso el amor, lo construyera. El amor ante la muerte, el amor contra sí mismo, el amor como señor, que es lo que canta Luisa Castro, en su último libro, retrocediendo hasta la época de los trovadores premedievales, muy priscilianistas, por ello, muy platonizantes.
Luisa mantiene las formas clásicas pero sin el premio de la nostalgia platónica, sin la idealización. Parte, al contrario, de la renuncia a esa idealización, no admitiendo la guía del amado, enfrentando sola y con el amparo del amor en ella misma para, como se explicaba en uno de los versos de Filosofía de María “aprende – la estrategia de inimigo/empuña – la suas armas,/acabar por vesti – lo seu chaleque”.
Desea y se empeña Luisa Castro en aferrar el amor en su propia esencialidad, sin nostalgias, entrando en directo el alma en el mundo de las Ideas, frente al Bien, del que el Amor es parte. Conocer el amor en sí mismo para desterrar los peligros del mismo, que son aquellos que se contaban al final del poema ya citado. “Así cheguei a este solar sinistro/onde non hai límites nin exércitos,/e sen nada nos petos/unha alegría moi fonda/enseñoreouse de min”.
Las hondas alegrías del conocimiento, sin duda, aderezadas con la trasgresión de quien entra en el mundo de arriba con la mentalidad del veedor de imágenes (iconoclasta), de ahí que “E que habían de pasar longos anos/antes de que os meus ollos/viran medrar/unha delgada e fermosa espiña”.
La belleza poética del conocimiento como recorrido no nostálgico por el amor loco, por el amor que se concreta no en la realización de preguntas sino en la búsqueda de respuestas, que, cinematográficamente, se representa como aquella bombilla en Alphaville, donde se veía la realidad de quien preguntaba, donde se dejaba de ver la irrealidad de la ausencia de respuestas. La originalidad del poemario de Luisa Castro se nos antoja que surge y emana de que se introduzca el alma corporalizada en el mundo de las ideas, trasgrediendo a ese mismo mundo, socráticamente.